Es hora de tomar responsabilidad

Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad.  Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros.

1 Juan 1:8-10 (NVI)

Es muy común escuchar a los Jóvenes hoy en día decir frases como: “Yo soy así y no voy a cambiar”, ” La culpa es de mis papás que no me dieron la atención suficiente cuando crecía”, “¿Quién sos vos para juzgarme?”, por nombrar algunas. En estos tiempos post-modernos, donde la subjetividad y la individualidad están a la orden del día, una gran mentira del pensamiento humano caído se está metiendo en nuestras iglesias: No somos responsables por nuestra maldad.

Podemos establecer el origen de esta mentira desde el principio de los tiempos, cuando Adán y Eva pecaron en el Edén. Adán básicamente le echó la culpa a Dios por haberle creado una mujer que lo aconsejó erróneamente y lo hizo caer. Eva le echó la culpa a la serpiente por haberla tentado a comer del fruto del conocimiento del bien y el mal.
Acercándose a fines del siglo 1, sin todavía tener todo el Nuevo Testamento escrito, una falsa corriente doctrinal estaba surgiendo en las iglesias. Se llamaba Gnosticismo. Esta falsa enseñanza enseñaba que el espíritu humano era totalmente bueno y que la materia era totalmente mala y que nuestros cuerpos eran una especie de prisión de la que seríamos liberados al morir. Con la excusa de que el cuerpo nunca iba a poder ser renovado y hecho nuevo, los gnósticos se tomaban licencia para pecar, ya que eran esclavos de su cuerpo y éste no podía ser transformado. Transformaban la gracia de Dios en libertinaje. Este es uno de los motivos por los que el apóstol Juan escribe la carta que conocemos como 1 de Juan.
Hoy en día el gnosticismo no es tan común como en aquel entonces, pero la mentira de la no culpabilidad del pecado sigue siendo un pensamiento predominante, ahora avalado por la ciencia de la psicología. No me malinterpreten, no creo que exista nada de malo en el estudio del comportamiento humano, es más, la Biblia tiene mucho que decir al respecto. Pero si estoy en contra de las conclusiones que gran parte de los psicólogos obtienen y contradicen lo que la Palabra de Dios nos enseña.
El mundo nos enseña que no somos culpables de nuestras malas actitudes, que todo se debe simplemente a nuestro contexto y a nuestra genética. Nos enseñan que no podemos cambiar y que la culpa de nuestras malas obras son nuestros padres, maestros, profesores, amigos, etc.. Nos dicen que no debemos ir en contra de los deseos de nuestro cuerpo, que debemos expresar nuestra individualidad. Por otro lado La Biblia nos dice que cada ser humano es responsable por sus propios pecados y que no puede excusarse de ninguna manera ante Dios(Romanos 3:23). Es por ésta razón que debemos tener muchísimo cuidado al excusarnos de nuestra maldad.

Ésta actitud es algo esperable de un no cristiano, pero un verdadero cristiano debió haberse arrepentido de sus pecados. Juan dice que si no reconocemos nuestros pecados, nos engañamos a nosotros mismos y llega al punto de decir que la Palabra de Dios no habita en nosotros. Podemos decir que uno de los frutos de haber sido salvo es el reconocimiento y el arrepentimiento de nuestros pecados.

No tomar responsabilidad por nuestros pecados es grave. Creemos que somos responsables ante los demás y como todos somos pecadores, no podemos ser juzgados por nadie. Pero no es a los hombres a quienes debemos rendirles cuenta, sino a Dios, quien nos hizo a su imagen, imagen que hemos difamado. Por eso Juan dice que si “afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso[a Dios]”. El Señor Jesús enseñó que también debemos rendir cuentas a nuestros hermanos de la Iglesia por nuestros pecados(Mateo 18:15-17). En su gracia, nos dio este método  de disciplina como medio para ser restaurado y para mantener la salud de la Iglesia.

Muchas veces podemos ser tentados a quitarnos la culpa de nuestro pecado, a sentir que no era nuestra verdadera intención, y este es un sentimiento común y del cual el apóstol Pablo habla en Romanos 7:21-24, cuando explica que si bien quiere hacer la voluntad de Dios, termina pecando. Esto se debe a lo roto de nuestra voluntad. La tendencia al mal en nosotros es tan grande que pecar nos parece algo sin intención ni culpa. Si hemos creído en el Señor Jesús, debemos saber que el Espíritu Santo está en nosotros para ir matando los malos hábitos de la carne y es Él quien nos posibilita reconocer y arrepentirnos del pecado. Además si somos cristianos sabemos que Cristo fue quien murió en nuestro lugar como sustituto por nuestra condena, por lo tanto si confesamos nuestros pecados, “Dios nos perdonará y limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9 NVI). Es hora de hacerse responsable por nuestra maldad y tomar una decisión: ¿Voy a confiar en el sacrificio de Jesús o voy a seguir negando el pecado que hay en mi vida? Nuestra eternidad depende de esto. El problema de reconocer nuestra maldad ante Dios es el hecho de reconocer también que debemos morir por lo que hemos hecho, pero ahí es donde aparece el evangelio ¡No es necesario! Confía en Jesucristo y abandoná la vida de maldad y egoísmo. Oro para que el Espíritu obre en tu vida. Espero que puedas pasar un momento de oración recordando situaciones donde no hayas querido reconocer pecados y pidas perdón a Dios y aquellos a quienes lastimaste con tu pecado.

Matías Salerno

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Cristo. Ingeniero en Informática egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Curioso, tratando de aprender siempre algo nuevo, busco estudiar la Palabra de Dios para poder compartir el evangelio con los demás

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Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Cristo. Ingeniero en Informática egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Curioso, tratando de aprender siempre algo nuevo, busco estudiar la Palabra de Dios para poder compartir el evangelio con los demás

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