Escribiendo Sinfonías

El otro día, navegando por Internet, me encontré con un video de una de las sinfonías de Beethoven que me llamó la atención. Éste mostraba por medio de un gráfico de barras, como si fuera una línea de tiempo, la forma y el instante en el que cada uno de los instrumentos iban tocando. Es así como, inesperadamente, ya que la música es un tema del cual no conozco demasiado, el Señor trajo un nuevo mensaje a mi vida mediante un interrogante: ¿Qué tal si cada uno de nosotros somos unos de esos instrumentos?

A lo largo de todo el capítulo de Números 4, se relatan las indicaciones que Dios dio a Moisés y a Aarón a la hora de tener que desarmar el tabernáculo, puesto que el campamento iba a ser trasladado. Cada uno de los miembros de la familia de Leví tenía una tarea específica asignada para realizar en ese momento, siendo todo perfectamente explicado y detallado por Dios:

  • Los hijos de Coat eran los encargados de transportar los muebles que había en el tabernáculo, aunque una vez que Aarón y sus hijos los hubieran terminado de acomodar (sólo ellos podían ver los muebles –el arca y el propiciatorio- que había en el lugar santísimo).
  • Los hijos de Gerson estaban a cargo de llevar las cortinas.
  • Los hijos de Merari se encargaban de llevar los artículos pesados, tales como columnas y tablas.

Al llegar al nuevo campamento, cada uno sabía lo que debía hacer de acuerdo a lo que llevaba. Primero se colocaba el arca y luego se acomodaba todo el campamento según dónde fuese colocada el arca. Después se ponían los muebles y finalmente se armaba el tabernáculo. Esto estaba diseñado para marchar, por lo que todo era plegable y portátil. El campamento se debía instalar con una importante rapidez. Una vez colocados los muebles, los de Merari llegaban con las tablas y columnas, mientras que luego los de Gerson colocaban las cortinas. Finalmente, el sumo sacerdote ingresaba y colgaba el velo.

A partir de este relato vemos como cada uno de los hijos de Leví tenía un papel que jugar a la hora de armar y desarmar el campamento. Algunos tenían tareas más difíciles que otras. Y algunos tenían tareas que, quizás, desde la perspectiva del pueblo de Israel, daban más prestigio que otras. Seguramente no era lo mismo decir “Yo llevé el arca” que “Yo llevé la vara de una de las cortinas”. Sin embargo, esa puede ser la forma en que ellos medían la importancia de la tarea que realizaba, pero esa no es la forma en que la medía Dios.

Así como cada uno de ellos tenía un oficio asignado, nosotros también tenemos un trabajo como cristianos. Qué parecidas que son las situaciones, ¿no? Es muy habitual que se den en la iglesia situaciones en que todos quieren ser quien ponga la cara, a quien todos vean hacer su tarea, siendo reconocido por los demás hermanos. Quizás haya tareas que están mejor consideradas desde el punto de vista humano con el que miramos las cosas, pero esto no es así para Dios. Él nos llamó para ser algo, para cumplir con cierta tarea, y no pretende que hagamos más que aquello para lo que nos llamó. Él no nos va a recompensar por hacer una tarea más grande o más reconocida por los otros hermanos. Simplemente, él nos va a recompensar por hacer lo que él quiere que hagamos. No debemos hacer lo que nos dé la gana, sino aquello para lo que nos dio dones y capacidades. Incluso cuando nuestra tarea pueda volverse repetitiva y nosotros sintamos que no es de demasiada valía. Nadie sabe que la hacemos. No se nos reconoce por hacerla. Sentimos que si no lo hiciéramos, todo sería igual. Sin embargo, debemos tener la certeza de que no es así, ya que Dios nos llamó para hacer ese trabajo, que por más minúsculo que pudiera parecer, es parte esencial en su perfecto plan.

Volviendo a la situación de los levitas. Ellos pasaron años y años armando y desarmando el campamento. Yendo de un lado para el otro constantemente. Quizás había uno de los levitas que simplemente se dedicaba a poner una estaca. Algo que puede parecer irrelevante. Con seguridad, nadie lo felicitaba por su tarea. No obstante, imaginemos el desconcierto que se generaría en el campamento si a ese hombre se le ocurriría dejar de hacer su trabajo. El tabernáculo no se podría levantar correctamente. Aunque creamos que nuestros servicios no son importantes, Dios no nos va a recompensar por el tamaño o la cantidad que hagamos, sino que nos va a recompensar de acuerdo a nuestra fidelidad para hacer lo que nos tocó hacer para su gloria.

1 Corintios 12:12-14 – Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.  Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.  Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. (RVR)

Nosotros fuimos puestos en el cuerpo como miembros. Al incorporarnos al cuerpo somos puestos allí para servir a partir del don que Dios nos dio. El ejercicio de ese don es el que constituye el servicio cristiano. Así como cada parte del cuerpo tiene su función (de hecho en un simple pie hay más de 20 huesos), cada uno de nosotros debe servir con los dones dados por Dios. Todos debemos orar para que el Señor nos muestre cuál es nuestro don. Debemos ocuparnos de que cada hermano en la iglesia pueda ocupar su puesto, garantizando que cada uno haga aquello para lo que fuimos llamados. Nosotros como hijos de Dios debemos usar nuestros dones para el bien del cuerpo de los creyentes.

Como iglesia, debemos formar una orquesta que eleve una sinfonía agradable a los cielos.

Y es así como volvemos a la imagen de la sinfonía, siendo nosotros cada uno de los instrumentos que componen la orquesta que la toca. No sirve de nada a un violín, quejarse por ser violín y querer ser trompeta, porque por mucho que intente, siempre va a ser violín. Hay instrumentos que se lucen más y se hacen sentir más que otros, pero todos son igual de importantes para lograr que la sinfonía suene bien. Va a haber momentos en los que intervengan algunos instrumentos, mientras que en otros van a intervenir otros, con más o menos intensidad. De la misma manera, hay momentos en que nosotros tengamos que liderar o formar parte de la organización de una actividad, va a haber otros en los que participemos y ayudemos en actividades organizadas por otros hermanos y también va a haber momentos en los que simplemente nos toque observar la forma en que otros hermanos trabajan y ser bendecidos a partir de esto. Es así como, como iglesia, debemos formar una orquesta que eleve una sinfonía agradable a los cielos. Una sinfonía que sonará de tal manera que hará que muchos se quieran acercar a formar parte de esta orquesta. Quizás haya algún momento donde a algún instrumento le toque desafinar, siendo esto en un instante más o menos importante. No somos perfectos. Pero podemos estar seguros de que esa sinfonía va a seguir siendo perfecta para Dios, mientras tengamos un corazón dispuesto a tocarla. Puede que salga o puede que no, pero a Dios le importará sólo las ganas y el esfuerzo que le pongamos.

Por último, como toda orquesta, necesitaremos un director, que nos vaya guiando y mostrando cuándo debemos actuar y cuándo no; cuál es el camino a seguir. Ese director es el Espíritu Santo que mora en cada uno de nosotros.

Salmos 98:4-6 – Aclamen al Señor, habitantes de toda la tierra; ¡prorrumpan en alabanza y canten de alegría! Canten alabanzas al Señor con el arpa, con el arpa y dulces melodías, con trompetas y el sonido del cuerno de carnero. ¡Toquen una alegre sinfonía delante del Señor, el Rey! (NTV)

Esta es una tarea que no es individual, sino que debemos estar juntos para poder llevarla a cabo. Quizás haya diferencias entre los hermanos, pero esas diferencias no son nada si todos estamos en el mismo espíritu. El Señor nos manda a trabajar en unidad para escribir una perfecta sinfonía en su honor. La pregunta es: ¿Estamos todos dispuestos a escribirla?

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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