¿Tenemos que ser perfectos?

Hace unos días, una amiga se me acercó con una pregunta: ¿Como cristianos tenemos que ser perfectos? El contexto en el que le surgió esta duda fue mientras ella investigaba sobre los mormones, quienes se basan en el versículo de Mateo 5:48 para afirmar que ellos deben ser perfectos.

Antes de responder esta pregunta, vamos a hacer una breve introducción sobre los mormones:

Los mormones (o santos de los últimos días) son una secta creada por Joseph Smith. Él dijo tener una revelación de parte de Dios superior a la Biblia, y a partir de ahí nació el libro del Mormón. De esta manera, le restan autoridad a la Biblia, y pretender extender la revelación de Dios. Una de sus creencias que nos diferencian a los cristianos de ellos es el tema de la perfección. Ellos creen en un Dios imperfecto que un día llegó a ser perfecto; de igual manera, los hombres, siendo imperfectos, pueden llegar a ese mismo estado de perfección y llegar a ser “dioses”. Esto claramente se opone a nuestra creación de que Dios existe desde la eternidad y que él nunca cambia, además de que nosotros creemos que nunca vamos a poder llegar a ser “dioses”, sino que simplemente llegamos a ser santos no por nuestros propios medios sino por medio de la gracia que se derramó cuando Jesús murió por nosotros.

Según la Biblia, como hombres, somos especiales. Somos “casi como dioses” (es decir, menores, aunque estemos cerca):

Salmos 8:5 – Tú has creado a los seres humanos casi como dioses y los has llenado de honor y gloria. (PDT)

Salmos 8:5 – Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de gloria y de honra. (NVI)

Dios nos hizo a su imagen, lo cual no es poca cosa y nos hace completamente especiales en comparación con cualquier otra criatura. Pero hay un problema: fuimos hechos a su imagen, pero no somos su imagen. La imagen del Dios invisible es Jesús (Col 1:15, Jn 14:9). Dios prohíbe al pueblo hacerse imágenes para adorarlas no porque no tenía nada mejor que pedir (Dt 4:15-24), sino porque su imagen llegaría, y sería Jesús.
Mirá qué interesante esto: en el tabérnaculo/en el templo, en el lugar santísimo, encima del arca, estaba el propiciatorio, que tenía dos querubines. Sin embargo, entre ellos, había un lugar para sentarse, el cual estaba vacío. ¿Por qué? Porque Dios estaba señalando que ese lugar, que correspondía a su imagen, todavía no sería revelado sino hasta la venida de Cristo.

A lo que voy con todo esto es que somos creados a la imagen de Dios, pero NO somos su imagen. Es decir, no podemos nunca igualarnos a Dios, aunque él nos concedió un lugar de sumo privilegio en toda la creación. Ahora vamos al foco de la pregunta: ¿Tenemos que ser perfectos? La respuesta lisa y llanamente es ¡SÍ! No vamos a ser dioses como lo dicen los mormones, pero sí perfectos e iguales en conducta a Jesús.

Mateo 5:48 – Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto. (NVI)

Acá entran en juego dos conceptos relacionados con la fe, que si se mezclan estamos en el horno porque pueden traer un montón de confusiones: la justificación y la santificación. Ambos tienen lugar por medio de la fe, pero son diferentes.

La justificación: La justificación no significa ser justos, sino más bien ser declarados justos. A pesar de que no somos justos (somos culpables por nuestros pecados) somos declarados justos por medio de nuestra fe en la obra de Cristo.

La santificación: Es el proceso por el cual, una vez que fuimos justificados, el Espíritu Santo nos va haciendo perfectos. Es decir, nos va permitiendo llegar a la estatura de Cristo. Este proceso dura toda nuestra vida. Nuestra carne es débil y sólo cuando nos despojemos de ella, en nuestra muerte, vamos a poder llegar a ser verdaderamente santos, puros y sin mancha.

¿Pero no es que una vez que somos justificados somos parte de la iglesia santa de Dios? Sí, es así. La santidad tiene dos sentidos: somos santos, porque una vez que somos sellados con el Espíritu Santo somos apartados para Dios. Pero en otro sentido, no somos santos, porque todavía no llegamos a la perfección. Por eso se concluye que como hijos de Dios somos santos y, a su vez, estamos en proceso de santificación.

¿Por qué es importante no mezclar la justificación con la santificación, aunque ambas nazcan de nuestra fe en Cristo? Porque eso, indefectiblemente, va a llevarte a la depresión. Cuando vos entendés que para ser justificado tenés que ser perfecto, entonces perdés toda esperanza y te deprimís. Intentás por todos los medios ser santo, ser perfecto como Dios te pide, pero no lo lográs, y nunca lo vas a lograr. Esto lleva a las mayores depresiones espirituales que existen en la vida cristiana. ¿Cuál es el problema? Que nos estamos equivocando, porque la salvación no es por obras, sino por fe.
En conclusión, tenemos que ser perfectos, puros, sin mancha, pero el camino hacia esa perfección lo empezamos a caminar una vez que somos justificados. Sólo cuando somos justificados empieza nuestra santificación.

La cadena de hierro del cristianismo dice:

Romanos 8:30 – A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó (NVI)

Es decir, primero somos justificados, y recién entonces vamos a poder llegar a ser glorificados. La glorificación sería el punto final del proceso de santificación. La santificación es el medio mediante el cual pasamos de la justificación y llegamos a la glorificación.

Vamos a algunos pasajes bíblicos:

1- Santiago dice que Dios prueba nuestra fe para que lleguemos a ser perfectos:

Santiago 1:2-4 – Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada. (NVI)

2- Pablo dice que tenemos que enseñarnos y aconsejarnos unos a otros, para ayudar a que otros sean presentados perfectos (este pasaje apunta principalmente a líderes y pastores y su responsabilidad sobre la santificación de la congregación):

Colosenses 1:28 – A este Cristo proclamamos, aconsejando y enseñando con toda sabiduría a todos los seres humanos, para presentarlos a todos perfectos en él. (NVI)

3- Isaías, de parte de Dios, afirma que vamos a ser libres de pecado (por ende, perfectos):

Isaías 1:18 – Vengan, pongamos las cosas en claro —dice el Señor —. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana! (NVI)

4- En Levítico se nos enseña esta verdad de que somos la iglesia santa, pero también estamos en proceso de santificación y una vez terminado ese proceso vamos a ser santos como lo es Dios:

Levítico 11:44a – Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo. (RVR)

5- Santiago habla de nuestra responsabilidad en la santificación, diciéndonos que tenemos que limpiar nuestras manos y purificar nuestro corazón:

Santiago 4:8-10 – Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón! Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará. (NVI)

Es decir, nosotros somos responsables y tenemos que buscar santificarnos. Sin embargo, esa santificación viene primeramente de Dios. Sin su iniciativa, nosotros no podemos hacer nada. Acá es donde vemos las dos caras de la santificación: nuestro libre albedrío para santificarnos y la soberanía de Dios que nos lleva a hacerlo.

Ahora llegamos a la pregunta del millón: ¿Por qué tenemos que ser perfectos? Si bien somos declarados justos por la obra de Cristo, es necesario que lleguemos a ser perfectos, porque de otra manera no podemos estar en la presencia de Dios. En el Pentateuco hay montones de referencias al hecho de que si nosotros, con nuestros cuerpos pecadores, nos acercamos a la presencia del Señor, seríamos completamente destruidos por su santidad.

¿Quién podrá estar en la presencia del Señor? Sólo el de manos limpias y corazón puro dice el Salmo 24 (es la misma referencia que hace Santiago en el capítulo 4). Pueden leer más sobre este pasaje acá.

Sólo cuando lleguemos a la estatura de Cristo, a ser perfectos como él es perfecto, vamos a poder estar en la presencia de Dios y verlo cara a cara. Muchas veces, cuando se ora con el cassette puesto, se le dice a Dios: “Padre queremos verte cara a cara” o cosas así. ¡Tenemos que dar gracias que Dios responda esas oraciones con un rotundo NO, porque sino nos destruiríamos de inmediato!

En conclusión, si queremos estar en la presencia de Dios debemos ser perfectos, sin mancha, libres de todo pecado. Y esto no lo logramos por nuestros propios méritos, sino que es mediante la sangre de Cristo que lo logramos.

¡Dios te bendiga!

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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