Héroes de la Fe: Eric Liddell

Antes de meternos a hablar de la persona de la que trataremos en este texto, me gustaría hacer una breve introducción a la sección. La idea es poder contar de manera sintética la historia de personas que creyeron en Dios y en el llamado de que él les estaba haciendo, y ésto los llevó a dejar una marca en su generación. Todos ellos son grandes ejemplos de entrega total al Señor, y él usó sus fortalezas y debilidades para glorificarse en sus vidas. Sin más, vamos a comenzar a hablar sobre uno de estos grandes siervos de Dios: Eric Liddell.

Eric nació en el año 1902 en China, donde sus padres estaban trabajando de misioneros. De pequeño vivió en Escocia, asistiendo a una escuela para hijos de misioneros, mientras su familia seguía trabajando para Dios en el país oriental. Éste fue el lugar donde Eric empezó a mostrar sus grandes habilidades para los deportes, que luego de un tiempo lo terminarían llevando a formar parte de la selección escocesa de rugby, allá por 1922, llegando a participar en el reconocido torneo “Cinco Naciones” (hoy conocido como “Seis Naciones” por la posterior inclusión de Italia en el mismo). Esto lo llevó a empezar a ganar mucha fama entre sus compatriotas, al punto que lo invitaban a partidos a beneficio y a dar charlas en eventos. Hasta ese momento, Eric había sido muy tímido en lo relativo a su fe, a tal punto que sus propios hermanos no estaban seguros de si era verdaderamente creyente o no. Esa timidez empezó a cambiar cuando Dios le concedió lo que él llamaría “el don de la fama”, puesto que tuvo que empezar a animarse a hablar del Señor en cada evento al que lo invitaban.

A pesar de ser una estrella del rugby de la época, este no era el deporte en el que más se destacaba. Donde verdaderamente brillaba era en el atletismo. Si bien muchos se sorprendían que pudiera ser tan rápido, debido a que tenía una forma extraña de correr, él era imbatible en los 100 metros en aquel entonces. La estrategia que usaba era bastante simple: corría la primera mitad de la carrera tan rápido como podía, y luego le pedía a Dios que le diera la fuerza para mantener el ritmo en el trama restante, para así llegar a la meta. Esta habilidad terminaría haciendo que fuera convocado para participar en los Juegos Olímpicos de París, en 1924.

Eric era firme candidato a ganar la medalla de oro en los 100 metros, su especialidad, pero un problema surgió: la prueba se llevaría a cabo un domingo. En la congregación a la que él pertenecía, respetaban el domingo como día de reposo, lo que le impediría competir. A pesar de la insistencia del equipo de Gran Bretaña, y de la gran decepción que causaría en la gente, él se mantuvo firme en su postura de no correr. Su fe y la obediencia al Señor eran lo principal en su vida, aun cuando disfrutaba mucho de correr.

Finalmente, se hicieron los arreglos para que, a pesar de no poder correr en los 100 metros, sí pudiera participar en las competencias de 200 y 400 metros. Por mucho que se esforzara, él no sería favorito en ninguna de las dos. Hay una importante diferencia, incluso hoy en día, entre los corredores que se enfocan en la velocidad, en carreras cortas, y aquellos que apuntan a la resistencia, en carreras más largas. Todos sabemos que, en la actualidad, Bolt es el corredor más rápido en los 100 metros, pero difícilmente pueda ganarle a aquellos que corren 400 en su disciplina. De esta manera, entendemos la dificultad que esto representaba para Eric. De todos modos, él se dispuso a competir como lo hacía siempre. En primer lugar, terminaría tercero en los 200 metros, lo que le daría la medalla de bronce. Y si eso ya era una sorpresa, la gran exaltación del público se produjo cuando ganó la medalla de oro en los 400 metros, contra todo pronóstico. De repente, Eric era el atleta más reconocido en toda Gran Bretaña.

A lo largo de su tiempo de competencia, él siempre mostró a Cristo por medio de sus actitudes. Quienes tuvieron la posibilidad de compartir carreras con él, lo recuerdan como alguien muy amable que se tomaba el trabajo de saludar y desear suerte a cada uno de sus contrincantes, previo a cada carrera. Más allá de ser un gran deportista, Eric era un gran siervo de Dios. Y demostraría esto cuando, poco tiempo después de los Juegos Olímpicos, tomaría la decisión de irse a China como misionero, siguiendo las pisadas de sus padres, quienes para esa época seguían trabajando en oriente. ¡Esto causó una revolución en Escocia! De la mañana a la noche, perderían a su más grande promesa deportiva. Pero Eric ya tenía la decisión tomada y estaba dispuesto a hacer lo que la voluntad de Dios en su vida. Luego de terminar sus estudios de teología, en 1925, fue a China para trabajar de profesor en un colegio anglo-chino.

Desde un primer momento, él comenzó a impactar la vida de sus alumnos, con quienes comenzó un grupo de estudio bíblico. Durante sus años en aquel país, su alegría y bondad sorprendía a todos los que lo rodeaban. China no se encontraba en una situación sencilla, ya que existía una guerra entre tres bandos en aquel entonces: nacionalistas, comunistas y los japoneses, que se disponían a invadir aquel territorio. En medio de todos estos conflictos, Eric llevó a cabo su ministerio.

Luego de varios años, se casaría con Florence Mackenzie, hija de misioneros canadienses en China. Con ella tendría tres hijas. La familia no tuvo una vida fácil, debido a que por momentos Eric tenía que ir a servir a otras ciudades que estaban en medio del conflicto bélico, lo que obligaba a la familia a separarse por largos períodos de tiempo. Finalmente, con el estallo de la segunda guerra mundial, la situación estaba lejos de ser segura para las niñas, por lo que tomaron la decisión de que Florence regresara con las chicas a Canadá, mientras Eric seguía con su ministerio en China.

Con el avance de la guerra mundial, los japoneses fueron tomando más terreno en China, hasta el punto de controlar la ciudad en la que Eric vivía. Rápidamente empezaron a establecer limitaciones para los europeos, puesto que eran sus enemigos en la guerra. En un momento, no podían estar en reuniones de más de diez personas. Esto suponía un problema para Eric, que se encargaba de dar sermones en diferentes congregaciones. Sin embargo, lejos de desalentarse, empezó a escribir las prédicas en cartas, de manera que los hermanos se reunían en grupos de a diez personas y las compartían entre ellos. Esto siguió así hasta que todos los extranjeros fueron llevados a un campo de concentración.

En aquel lugar, los extranjeros tuvieron que organizar una comunidad de reclusos, donde vivían amontonados y en pésimas condiciones. A pesar de todo, en medio de todos estos problemas, Eric se las arregló para seguir llevando la luz del Señor a los demás. Era tal el aprecio que tenían todos por él y su buena disposición, que incluso los niños del lugar lo llamaban “tío Eric”, ya que estaba siempre dispuesto a compartir tiempo con ellos. Por ejemplo, en un momento, una de las chiquitas contrajo fiebre tifoidea, y tuvo que ser dejada aislada en un salón, puesto que podía contagiar a los demás. A pesar del riesgo evidente, Eric pasaba con ella todas las tardes, animándola y hablando con ella.

Finalmente, su historia acaba cuando, en febrero de 1945, cuando faltaba poco tiempo para su liberación, un tumor en el cerebro lo hizo permanecer varios días en cama hasta llevarlo a la muerte.

Eric es un gran ejemplo de como el éxito en las cosas de Dios es mucho más importante que el éxito según términos humanos. Él realmente ofreció su vida en servicio al Señor y dejó una marca en todos aquellos que lo conocieron.

Si querés saber más de su historia, podés ver la película “Carrozas de fuego”, filmada en 1981 y ganadora de 4 premios Óscar. De igual manera, podés leer el libro “Eric Liddell: Algo más preciado que el oro” de Janey y Geoff Benge, que describe en detalle todo lo que les cuento en este artículo.

¡Dios te bendiga!

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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