¿Destinados al Éxito?

Hoy en día, como cristianos, tenemos un poco distorsionado el concepto de éxito. Hay muchos autores de libros y predicadores que asocian el éxito en nuestra vida con el cumplir nuestros sueños o el tener ciertas posesiones. La realidad es que esto está totalmente alejado de lo que la Biblia enseña… tener éxito como hijos de Dios no es cumplir nuestros propios sueños, sino el propósito de nuestro Padre para nuestras vidas. Tenemos que tener en claro que, para nosotros, el concepto de éxito es diferente al que tiene la gente del mundo. No se trata de tener una buena posición social, un título universitario o un alto rango en un trabajo, sino de llevar una vida de obediencia a Dios.

En este artículo, quiero que analicemos juntos la historia de un hombre que podría considerarse exitoso a los ojos del mundo, y que alcanzó una posición de privilegio y poder. Sin embargo, su vida estaba fuera de la voluntad de Dios. Ese muchacho hizo grandes tesoros en la tierra, pero todo eso resultaba vano al momento de encontrarnos con el Señor.

Jueces 17:7-8 – Había un joven de Belén  de Judá, de la familia de Judá, que era Levita y extranjero allí. Y el hombre salió de la ciudad, de Belén de Judá, para residir donde encontrara lugar; y mientras proseguía su camino, llegó a la región montañosa de Efraín, a la casa de Micaía. (NBLH)

En el capítulo 17 de Jueces comienzan una serie de historias que nos relatan lo mal que se encontraba la sociedad en aquel entonces, y cómo Israel había perdido completamente el rumbo y se había alejado de Dios. Hasta el capítulo 16 vemos cómo fueron levantados diferentes jueces para libertar al pueblo que estaba siendo oprimido por sus enemigos. Hasta ahí llega la historia cronológica. Luego de ello, tenemos una serie de relatos que nos ayudan a ver con más profundidad como funcionaba la sociedad en esa época. Entre éstos, se encuentra la historia narrada en el libro de Rut. Como bien se resume al final del libro de Jueces, en el capítulo 21: Cada uno hacía lo que bien le parecía.

En este caso nos encontramos con Micaía, un muchacho que había levantado un santuario en su propia casa, en honor a Dios (o al menos eso era lo que él creía). La realidad es que había construido unos ídolos y había puesto a sus propios hijos de sacerdotes, desobedeciendo completamente los mandatos del Señor. En ese momento, algo inesperado le sucedió: un levita golpeó a su puerta. ¿Qué mejor manera de “profesionalizar su santuario” que contratando a un levita? Así que llegaron a un acuerdo laboral (Jueces 17:10) y este hombre se quedó a administrar el santuario de Micaía.

La historia no terminaría ahí. La felicidad le duraría poco a Micaía, ya que un día, las tropas de la tribu de Dan se presentarían en su santuario. Allí, tomarían sus ídolos y contratarían al sacerdote para que ofreciera un “servicio privado” a toda la tribu (Jueces 18:19). Micaía intentó oponerse, pero al verse ampliamente superado en número, tuvo que desistir.

Siendo así, este levita pasó de ser un muchacho errante que andaba buscando un hogar, a estar a cargo de la casa de Micaía, para finalmente llegar a ser considerado el “padre” de toda la tribu de Dan. Nada mal, ¿no? Sin dudas que a los ojos del mundo este era un hombre muy exitoso; incluso puede que haya llegado a obtener todo lo que siempre soñó. Ya me lo imagino visitando todos los programas de televisión de la época, contando su historia: “De mendigo a súper-sacerdote”. Algo digno de admiración para cualquiera. Sin embargo, basta con una análisis superficial de esta historia para darnos cuenta que este hombre no estaba caminando en la voluntad de Dios. Puede que haya conseguido grandes ascensos profesionales, pero eso lo llevó a una vida de herejía, apartada del Creador del universo.

Tengamos cuidado con estas cosas, hermanos. El éxito para el mundo no es igual al éxito a los ojos de Dios. Esto lo podemos ver claramente ejemplificado en la obra de Jesús. Él, tal como el mundo lo entiende, estuvo lejos de ser exitoso. Sus seguidores lo abandonaron en el peor momento y murió sin tributos ni gloria, sino que fue crucificado como un delincuente. A pesar de eso, Dios lo exaltó hasta lo sumo, porque él vivió no para ser exitoso en el mundo, sino para cumplir con la voluntad del Padre.

Tomemos el ejemplo de Jesús y no del sacerdote, hermanos. Si el hacer la voluntad de Dios nos lleva a tener también éxito a en el mundo, ¡gloria al Señor! Usemos eso para influenciar tantas vidas como podamos. Lo importante es que nuestro foco no tiene que estar en la búsqueda de éxito mundano, sino en buscar glorificar a Dios en todo lo que hagamos, para que él pueda cumplir sus propósitos en nosotros.

Quizás te pase como le pasaba a Habacuc, que veía como a los impíos les iba bien, mientras que no así a los justos. Eso es porque él todavía no había entendido que el éxito de Dios no tiene nada que ver con el éxito del mundo. Tengamos esto siempre presente en nuestras vidas, y caminemos todo el tiempo mirando las cosas de arriba, sabiendo que a pesar de todo lo que tengamos que sufrir en el presente, vamos a estar en la presencia del Señor algún día.

¡Dios te bendiga!

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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Fede Sinopoli

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Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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