17 Errores cometidos al predicar

Predicar la Palabra de Dios siempre es una gran responsabilidad. Sea que hables en tu congregación, en eventos especiales, como un experto en alguna temática o cualquier otra situación, con mucha o poca gente que te escuche, en todos los casos va a estar en tus manos la tarea de acercar a la gente más al Señor. Por supuesto que esto podemos lograrlo con eficacia por medio del Espíritu Santo que obra en nosotros. No obstante, no por eso tenemos que quedarnos de brazos cruzados pensando “el Espíritu va a hablar”. Debemos buscar perfeccionar nuestra oratoria y la manera en la que desarrollamos los mensajes que vayamos a transmitir, de manera que puedan ser claros y que podamos expresarlos con valentía (hablo en detalle sobre esto en el siguiente artículo: Lo que todo predicador debe saber). Por eso, quiero compartirte una serie de errores que son cometidos habitualmente al predicar la Palabra de Dios, anhelando que a partir de ellos puedas evaluarte y servir con mayor excelencia si éste es el ministerio que te fue concedido. ¿Empezamos?

1- Cambiar el mensaje en base a la cantidad de público

Quizás pasaste una semana trabajando día y noche en tu mensaje. Reflexionaste, leíste, investigaste y oraste durante muchísimo tiempo hasta que, finalmente, ¡el mensaje está listo! Le agradecés al Señor porque, en su gracia, te permitió armar algo tan profundo. Sin embargo, llega el día de compartir la prédica y casi todos los hermanos faltaron a la reunión, por algún motivo. Sólo unos pocos se hicieron presente. Entonces es cuando llega a tu cabeza la idea de cambiar el mensaje por algo más sencillito, con el fin de guardarte el otro para un momento donde pueda llegar a más personas. Total, siempre está la parábola del sembrador para estos casos. ¡Terrible error! Si Dios te dio un mensaje, es para que lo compartas con las personas que él quiere que lo hagas. Si todo ese esfuerzo de preparación fue para bendecir a una sola persona, ¡glorificá al Señor por ello! No somos nosotros quienes determinan para cuántas personas es una prédica, sino él.

2- No haber dejado que el mensaje impacte tu vida primero

Este punto tiene que ver con predicar sobre algo que no vivís y que, por sobre todo, no llegaste a hacer tuyo. Si llamamos a las personas a cambiar cierta actitud, primero tenemos que cambiarla nosotros. Los mensajes que verdaderamente usa el Señor para impactar a las personas son aquellos que llegaron a impactar la vida del predicador primeramente, llegando a ser él un testimonio vivo del resultado de esa palabra. Predicá cosas que ya hayas procesado, reflexionado, entendido y sentido en tu interior. Mensajes que ya hayan marcado la forma en que vivís.

3- No leer con claridad el pasaje bíblico utilizado

Debemos ser muy cuidadosos cuando leemos las Escrituras en público, con tal de asegurarnos que no nos olvidemos ninguna palabra que pueda cambiar drásticamente el significado de una oración y que la gente puede entender. Si leemos sin respetar los signos de puntuación, con un ritmo frenético o demasiado pausado, intercalando excesivamente comentarios nuestros, estaremos dificultando el entendimiento de quienes nos oyen. Es importante que podamos ser claros en nuestra lectura para tener la certeza de que si nuestra prédica resulta mala o por algún motivo no nos expresamos como esperábamos, al menos las personas podrán llevarse el pasaje bíblico en sus corazones.

4- No leer la Biblia en todo el mensaje

Más allá de que podamos estar totalmente seguros de que todo lo que decimos está abalado por las Escrituras, siempre es necesario hacérselo saber a la gente. De esta manera, ellos sabrán de dónde sale lo que estás diciendo y podrán evacuar, de ese modo, las dudas que se le pudieran llegar a plantear el respecto. Además, es así como la persona se va enriqueciendo en su conocimiento de la Palabra.

5- Apegarte demasiado al libreto

¿Qué pasa si vos te esforzaste mucho armando una prédica, pero al momento de subir, Dios comienza a llevarte hacia otros temas y otros pasajes? ¿Vamos a apegarnos al libreto a como dé lugar? No deberíamos hacerlo. Es habitual que cuando pases a predicar haya cosas en tu bosquejo que no llegues a decir, mientras que termines diciendo otras que no tenías anotadas. Esto es porque el Espíritu mismo es el que habla por medio tuyo, y te va dando Palabra conforme a las necesidades de los que están escuchando. Por eso, si bien tenemos que tener la guía del bosquejo que armamos, debemos ser flexibles con él.

6- No variar el tono de voz

Esto ya tiene que ver con un problema específico en la oratoria de la persona. Debemos esforzarnos por cambiar el tono de voz conforme a lo que vamos diciendo. Si hablamos de forma monótona, la gente no va a tardar en aburrirse. Además, se le dificultará identificar la intención de las palabras que se están diciendo. Recordemos que, a la hora de comunicarnos, es tan importante lo que decimos como la forma en que lo decimos.

7- Hablar a un ritmo incómodo para los demás

De la mano con el punto anterior, debemos asegurarnos de no ir demasiado lento, como para que la gente se inquiete por el tiempo que tardás en terminar una frase, ni tampoco tan rápido que las personas no lleguen a entender los conceptos. Debemos llevar un ritmo de oratoria que sea cómodo para nosotros, pero sin olvidarnos de que el público está haciendo un esfuerzo por entender lo que estamos transmitiendo. Tratemos de ser claros.

8- Tener latiguillos demasiado marcados

Hay veces en las cuales, sin intensión, repetimos demasiado seguido una palabra o frase, al punto que todos se dan cuenta menos nosotros mismos. Esto resulta ser una distracción para quienes escuchan e incluso puede derivar en burlas para el predicador. Si conocés a alguien que tiene alguno, hacécelo saber para que pueda corregirlo.

9- Hablar en exceso de nosotros mismos

El momento para testimonios debe ser el momento para testimonios, y el momento de la predicación debe ser el momento de la predicación. Uno no reemplaza al otro. Debemos asegurarnos de no predicar sobre nuestras vidas, sino de predicar la vida de Cristo, que es el único que puede salvar. Más allá de lo interesante o inspirador que pueda ser algo que nos pasó, si luego no logramos llevar eso al mensaje de la cruz, entonces no estaremos predicando el Evangelio. Me ha tocado escuchar a predicadores que estuvieron media hora o más hablando de que ellos hicieron esto y ellos hicieron lo otro, mientras que no daban espacio a la lectura bíblica y a mostrar el mensaje de salvación.

10- Decirle algo indirectamente a un hermano

Pocas cosas son tan cobardes como la de aprovechar la prédica para marcarle algo a algún hermano de manera indirecta. Eso está mal y no debemos hacerlo. Si nuestro hermano se encuentra en falta, Mateo 18 nos da instrucciones muy claras sobre cómo proceder, y en ese procedimiento nunca se incluye el andar haciendo referencias indirectas desde el púlpito. Hablemos de frente y directamente todo lo que tengamos que hablar con nuestros hermanos.

11- Usar un lenguaje que no está acorde al entorno de la prédica

No es la predicación el momento para creernos eruditos o diccionarios vivientes, diciendo tanta palabra rara y tecnicismo como nuestra mente pueda recordar. ¡Tenemos que ser simples y claro! Y, por supuesto, adaptarnos al contexto en el que estamos para saber de qué manera tratar a la gente. Debemos conocer las costumbres de la congregación en la que vamos hablar, y no sólo eso, sino también de su ciudad y de su país. Además, siempre es importante poder estar informados de la actualidad de la región, para poder así exponer la Palabra de una forma práctica.

12- Convertir la prédica en un show cómico

No me malinterpretes. No estoy diciendo que esté mal hacer algunos chistes durante la predicación. Es más, ¡es necesario hacerlos! Sacarle una sonrisa a las personas siempre ayuda a mantener la atención y a hacer más distendido el mensaje. El problema está cuando la Palabra es dejada a un lado y la mayor parte del tiempo corresponde a chistes de uno u otro tipo. Es útil gastar bromas, pero hay que ser cuidadosos en el momento en que las hacemos. Ellas nunca deben cortar el hilo del mensaje, sino fortalecerlo.

13- Excederse con el tiempo

Como humanos, nuestras mentes no están preparadas para estar escuchando durante largos períodos de tiempo. Por eso, debemos ser cuidadosos cuando hablamos. Extendernos demasiado puede llevar a que se pierda el foco del mensaje porque la gente empieza a distraerse y a pensar en lo que va a hacer al salir. Soy de los que piensan que una predicación debe durar lo que Dios disponga que dure, aunque debe ser dentro de parámetros normales de tiempo. Si transmitiste el mensaje con claridad, no hace falta que sigas hablando; dejá que sea el Espíritu Santo el que siga ministrando a las personas.

14- No dar una conclusión

En una de mis clases del seminario, me pusieron un ejemplo diciendo que la predicación es como un vuelo. El inconveniente radica cuando ese viaje termina accidentado porque el avión aterrizó de golpe. Esta sensación es la que dejamos en la gente si concluimos nuestro mensaje sin un cierre claro. Antes de terminar, siempre es bueno hacer un breve resumen de todo lo que se habló, de manera que si alguno se distrajo un momento pueda adquirir la base de ello. También sirve como repaso para los demás, para que puedan identificar los conceptos claves que se hablar y sellarlos en su mente (o lo que funciona todavía mejor, anotarlos en sus libretas).

15- Creer que estamos por encima de los demás

Debemos recordar en todo momento que tener la posibilidad de predicar en una reunión no te hace ni más santo, ni mejor, ni nada de eso. Simplemente glorificá a Dios por la gracia que te fue concedida para compartir aquello que él te dio en la intimidad con los demás, y hacelo de forma humilde sin creerte superior.

16- Quejarnos porque no nos invitan a predicar

Es habitual encontrar gente que rezonga porque no se le da la posibilidad de predicar, o si se la dan, lo hacen de forma muy esporádica. El problema con esto es que tenemos una noción errónea de que el púlpito está ubicado sólo en los templos. Si no te dejan predicar adentro, ¡predica afuera! En esto podemos tomar el ejemplo de George Whitefield, un predicador inglés del siglo XVIII, quien al verse excluido de diversas congregaciones de Londres instalaba su “púlpito móvil” en cualquier lugar de la ciudad para predicar.

17- Buscar reconocimiento al finalizar

Tengamos cuidad con el orgullo y el deseo carnal de querer ser reconocidos por los mensajes que demos. Por supuesto que siempre es lindo que un hermano se te acerque a decirte que lo que compartiste bendijo su vida, pero el recibir congratulaciones no tiene que estar entre nuestros objetivos. Siempre demos la gloria al Señor por todo lo que podamos llegar a transmitir, porque nosotros somos simples mensajeros. Así como el reconocimiento se lo lleva el autor de la carta y no el cartero, nosotros no debemos tomar un mérito que no nos corresponde. Esforcémonos por alejar esos deseos de nosotros.

Conclusión

Para terminar, me gustaría aconsejarte el poder tener siempre a alguien de confianza en el público que te está escuchando. Esta persona puede indicarte mediante gestos si te estás desviando del tema, si te estás pasando con el horario o cualquier otra cosa. Además, podrá hacerte una crítica sincera del mensaje al terminar, lo que te permitirá ir mejorando como predicador.

Espero que este artículo haya sido de bendición para tu vida y que te ayude a servir al Señor con mayor excelencia.

¡Dios te bendiga!

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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