Hasta que Cristo venga: Un llamado a las misiones

Marcos 13:32-33 – Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. (RVR)

Para entender a qué se refiere Jesús al decir estas palabras, es fundamental que, en primer lugar, analicemos cuál era la situación que se estaba dando. No faltaba mucho para que él fuera crucificado, y algunos de sus discípulos tenían curiosidad respecto a cómo iban a suceder las cosas que el anunciaba. Más específicamente, hablaban de la destrucción del templo de Jerusalén. Es entonces cuando el Señor comienza con su reconocido discurso del Monte de los Olivos, en el cual habla sobre la gran tribulación y sobre las señales del fin del mundo. Si aun hoy en día nos cuesta entender a qué se refieren todas las señales mencionadas en este pasaje, no me quiero imaginar lo que debe haber sido para Pedro, Santiago, Andrés y Juan…

Jesús sabía que a partir de todo esto podrían surgir un montón de especulaciones, por eso fue muy claro indicando que ni siquiera él mismo sabía el día y la hora en que se produciría su segunda venida, más allá de todas las señales que pudiera llegar a haber. Por eso, ellos no debían especular, sino que debían encargarse de obedecer las instrucciones que él les dejaba: mirar, velar y orar. Éstas mismas debemos obedecer nosotros hoy en día. En lugar de pasar horas y horas hablando de escatología y de qué significa cada cosa, haciendo suposiciones ridículas en algunos casos, tenemos que reconocer que hay cosas que no conoceremos hasta llegado el momento. Por eso, en lugar de suponer, por ejemplo, quién puede llegar a ser Gog de Magog, mencionado por Ezequiel, dediquémonos a obedecer lo que nos fue mandado.

Esta espera, que comenzaría en el momento en que Cristo ascendería a los cielos, es por tiempo indeterminado. Más allá de que se den o no algunas señales, no sabemos cuándo va a acontecer su regreso. Las instrucciones que recibimos en este pasaje lejos están de ser opcionales. ¡Son órdenes! No se nos dice que las hagamos si estamos de acuerdo o si nos parece bien, sino que tenemos la obligación de cumplir a como dé lugar. ¿Por qué? Porque no sabemos cuándo será el tiempo señalado. Qué bueno que Dios, en su perfecta sabiduría, haya decidido no revelarnos cuándo se cumplirá lo anunciado, para que de ese modo podamos vivir con la urgencia de que puede ser en cualquier momento.

Las instrucciones que recibimos de Jesús en este pasaje pueden ser entendidas en dos sentidos. El primero de ellos es el que se ve explícitamente y tiene que ver con lo personal, haciendo énfasis en que nuestra comunión con el Señor tiene que estar en orden para ese momento. El segundo, un poco más implícito, tiene que ver con qué vamos a estar haciendo en ese tiempo. Es decir, con el grado de obediencia que mostremos a lo que nos fue encomendado. Esto se hace explícito en Hechos 1:7-8. Los discípulos querían saber cuándo sería restaurado el reino de Israel, a lo que Jesús responde que ese es un dato que no debe interesarles, sino que su interés tiene que estar en ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra.

Entonces, de todo esto sacamos que el foco de estas tres indicaciones es dual: nuestra comunión personal con Dios y nuestro compromiso con la misión de predicar el Evangelio a toda criatura. Por un lado, debemos buscar santificarnos cada día, creciendo en nuestro compromiso y nuestra relación con él. Por el otro, debemos ser conscientes de que en tanto no nos tomemos con seriedad la misión de llevar las buenas nuevas de salvación, la gente va a seguir perdiéndose. Las estadísticas son alarmantes en cuanto a este tema. Más de seis mil millones de personas serían condenadas si hoy mismo viniera el Señor. ¿Y sabés que es lo más triste? Algo así como la mitad de esa gente va a morir sin nunca haber escuchado sobre Jesús. ¡Es una tarea de vida o muerte!

Analicemos cada una de las órdenes…

  • Mirar:
    • En la comunión: Para entender esto es fundamental que comprendamos de qué se trata la acción de mirar. Cuando miramos, estamos dirigiendo nuestra vista hacia algo en particular. Esto implica, en primera instancia, tener los ojos abiertos. De otro modo, nuestro sentido de vista no nos sería útil. Tenemos que aprovechar que nuestros ojos hayan sido abiertos para que podamos ver las verdades de Dios. Esto no lo podemos hacer por nuestros propios méritos, ya que para el hombre carnal las cosas del Señor son locura. Sólo por su gracia nuestros ojos son abiertos para que podamos contemplar su grandeza. La Biblia es clara respecto a que los ojos de los incrédulos han sido cerrados por Satanás (2 Corintios 4:4). Esto puede llevarnos a que nosotros, con tal de no ser dejados de lado por las personas del mundo y con tal de sentirnos parte, cerremos nuestros ojos para poder ser como ellos. ¡Pero eso no es lo que fuimos llamados a hacer! Debemos mirar y no conformarnos a este mundo (Romanos 12:2). ¡No vivamos como aquellos que no conocen a Dios! Ahora bien, una vez que entendimos que tenemos que mantener los ojos abiertos para mirar, la pregunta que nos viene a continuación es hacia dónde miramos. Hebreos 12:2 nos da luz sobre eso, afirmando que debemos poner nuestros ojos completamente en Jesús, quien es nuestro ejemplo, nuestro modelo a seguir y nuestro maestro.
    • En la misión: Si entendimos que tenemos que tener puestos los ojos en Jesús una vez que abrimos los ojos, inmediatamente esto trae aparejada una implicancia importante: también vamos a mirar hacia los propósitos de aquel que es nuestra guía. Por ello, debemos contemplar aquellas cosas que él nos señala. En Juan 4:35, luego de su encuentro con la mujer samaritana, vemos cómo el Señor ve a muchas personas anhelando conocerle. Es en ese momento cuándo les dice a sus discípulos “miren, los campos están listos para la ciega”. Algo similar sucede hoy en día. Si bien en general la mayoría de la gente es reticente a escuchar de Dios, eso no sucede en todos los casos. Hay muchas personas que tienen curiosidad por saber de dónde viene nuestra fe, por lo que tenemos que estar siempre listos para responder cuál es la razón de nuestra esperanza. De igual modo, Dios se está manifestando de una manera muy particular en muchos países de gente no alcanzada. Algunos conocidos misioneros me contaron que en este último tiempo se incrementaron los sueños en los que gente es llamada a acercarse a Jesús. Hay gente que verdaderamente desea conocer de Dios. ¡Esos son los campos blancos! ¡Miralos! Jesús, cuando veía lo perdida que estaba la gente de esa época, declaró dolido que hay mucho trabajo por hacer, pero muy pocos obreros (Mateo 9:36-37). Qué lindo que podamos tener ese mismo sentir que él tuvo al ver la necesidad de Dios que hay en el mundo. Que podamos sentir compasión por los que se pierden y estemos dispuestos a trabajar para que ellos también puedan recibir las buenas nuevas de salvación.
  • Velar: Para poder entender en profundidad el punto de Jesús en esa segunda instrucción, debemos primero tener en claro qué significa velar: “Permanecer despierto durante un tiempo que se destina a dormir”. Si bien esto dependerá de la persona, podemos afirmar que, en general, esta definición apunta a estar despiertos durante las horas de la noche, que en general son destinadas al sueño. De igual manera, Jesús nos pide que estemos despiertos en este mundo dominado por la oscuridad (Efesios 5:8), de manera que así podamos ser luz para aquellos que se pierden. Esto conlleva negarnos a nosotros mismos y a nuestra comodidad. La carne siempre se va a resistir a que estemos velando; es mucho más satisfactorio y placentero descansar. ¡Pero no hay tiempo para ello! Si bien es lindo para nuestra carne disfrutar de los placeres de este mundo (y no me refiero únicamente a placeres pecaminosos) debemos priorizar la causa de Cristo. Es más importante para nosotros el obedecer sus mandatos, aunque eso nos lleve a la incomodidad y a no satisfacer nuestros propios deseos. Analicemos esta segunda instrucción bajo las dos perspectivas con las que venimos trabajando…
    • En la comunión: Dice la palabra que nosotros somos ovejas que pertenecen al rebaño del buen pastor, que es Jesús. Un dato interesante de esto es que ellas están atentas a la voz de su amo, y la saben reconocer (Juan 10:4). ¡Es por esto que tenemos que velar! No se trata simplemente de estar despiertos, sino que esta acción implica a además prestar atención. ¿A qué tenemos que atender? A la voz de Dios, permitiéndonos que ella nos guíe conforme a su voluntad. Sólo si estamos atentos a su llamado vamos a poder responder a él.
    • En la misión: Como dijimos, velar es algo que hacemos durante la noche en la que está sumida este mundo. ¿Para qué? Para traer luz a aquellos que viven en oscuridad, alejados de Dios. Así entendía Pablo su llamado, cuando citó a Isaías delante de los judíos (Hechos 13:47). Los gentiles se estaban perdiendo por no conocer las buenas nuevas de salvación. Es por ello que el apóstol estaba dispuesto a velar, siendo luz para todos ellos para que las personas puedan reconocer su maldad, arrepentirse y volverse a Cristo.
  • Orar:
    • En la comunión: La Biblia nos llama a orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17). Es esta la forma en la podemos estar en comunión con Dios y hacerle conocer todos nuestros anhelado. La oración, por sobre todas las cosas, es importante porque es una muestra de humillación de parte nuestra ante la grandeza del Señor. A partir de ella mostramos que no dependemos de nuestras propias fuerzas, sino que es su Espíritu el que nos ayuda a perseverar. Sólo él puede guardarnos libres de caída (Judas 24-25). No hay mérito alguno en nosotros en llevar una vida santa, sino que todo eso es parte de la gracia que nos fue concedida. Por tal motivo, no tenemos que dejar de orar, ya que ésta es la única manera en la cual vamos a poder permanecer hasta el fin. Y como dice el pasaje principal de este mensaje, sólo así vamos a ser salvos (Marcos 13:13)
    • En la misión: A la hora de pensar en la misión mundial que estamos llevando a cabo como iglesia, debemos tener dos focos de oración. Por un lado, orar por los misioneros; aquellos que están yendo a zonas peligrosas donde la gente tiene un gran rechazo hacia los hijos de Dios. Pablo nos anima a perseverar en oración por todos los creyentes (Efesios 6:18). Todos somos parte de esta misión, sea donde sea que estemos sirviendo. Por ello, debemos apoyarnos unos a otros tanto material como espiritualmente. Por otro lado, debemos orar por los no alcanzados y los incrédulos. No importan cuánto conozcamos de la Palabra, ni tampoco cuán bien sepamos explicarla; sólo Dios puede abrir los ojos de las personas para salvación (1 Corintios 3:6). Es por ello que debemos pedirle al Señor que nos use como instrumentos para que luego el complete la obra en aquellos que reciben el mensaje. De igual modo debemos pedir por los no alcanzados; aquellos que se están muriendo sin nunca haber oído el mensaje del Evangelio ni tampoco haber conocido a un cristiano.

Debemos entender el sentido de urgencia de esta misión que nos fue encomendada. Es importante que miremos, velemos y oremos, en primer lugar, para estar en comunión con Dios y para crecer en él. ¡Pero no debemos conformarnos con eso! El Señor nos permite tener más conocimiento de él para que podamos compartirlo con los demás, por lo que debemos mirar, velar y orar por aquellos que no le conocen.

Como un general que da instrucciones a sus soldados, así nos está hablando Jesús a nosotros respecto a cómo tenemos que esperar su regreso. Un soldado no debe involucrarse en asuntos de la vida civil como muchas veces nosotros hacemos (2 Timoteo 2:4). Sabemos lo que nos fue encomendado, pero decidimos dejar esa misión para más adelante, y mientras tanto divertirnos un poco con las cosas del mundo. ¡Eso está mal! No tenemos tiempo que perder; debemos anunciar el Evangelio a toda criatura, para que se cumpla aquello que fue profetizado por Juan cuando dijo que gente de todo pueblo, lengua, raza y nación adoraría al Señor (Apocalipsis 7:9). ¡Hay una eternidad en juego!

¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado? (Romanos 10:14-15). Todos nosotros fuimos enviados por Jesús a dar las buenas nuevas. Ahora está en nosotros ir y predicar. ¿Cómo van a creer en Jesús como salvador si nadie les predica? Que no esperemos la venida de Cristo de brazos cruzados, durmiendo. Sino que la esperemos cumpliendo esta misión que él nos dejó de llevar el Evangelio hasta lo último de la tierra.

A continuación, dejo el bosquejo de este mensaje.

¡Dios te bendiga!

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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