Antes de que Abraham fuera, Yo Soy

Una vez más, como sucedía con demasiada frecuencia en ese tiempo, nos encontramos a Jesús en una disputa abierta con los judíos. Luego de pasar por el monte de los Olivos, el Señor regresó al templo y continuó enseñando a los que allí estaban. Fue entonces cuando los fariseos y escribas llevaron ante él a una mujer sorprendida en adulterio. En ese momento empezarían una larga discusión, en la cual Jesús era acusado, pero respondía con firmeza a cada comentario realizado en su contra. En la medida que fue avanzando el tiempo, la cosa estaba cada vez más lejos de solucionarse. Los judíos lo veían como un hereje y ya no estaban dispuestos a seguir aguantando sus dichos. ¡Querían matarlo!

En este pasaje que vamos a analizar, encontramos cómo llega todo al punto cúlmine. Estaba todo tan tenso, hasta que llegó el momento que se produjo la ruptura definitiva; el vaso desbordó por completo. ¿Qué fue lo que causó esto? Veámoslo…

Juan 8:48-59 –  —¿No tenemos razón al decir que eres un samaritano, y que estás endemoniado? —replicaron los judíos.
—No estoy poseído por ningún demonio —contestó Jesús—. Tan sólo honro a mi Padre; pero ustedes me deshonran a mí. Yo no busco mi propia gloria; pero hay uno que la busca, y él es el juez. Ciertamente les aseguro que el que cumple mi palabra, nunca morirá.
—¡Ahora estamos convencidos de que estás endemoniado! —exclamaron los judíos—. Abraham murió, y también los profetas, pero tú sales diciendo que si alguno guarda tu palabra, nunca morirá. ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham? Él murió, y también murieron los profetas. ¿Quién te crees tú?
—Si yo me glorifico a mí mismo —les respondió Jesús—, mi gloria no significa nada. Pero quien me glorifica es mi Padre, el que ustedes dicen que es su Dios, aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco. Si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes; pero lo conozco y cumplo su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijó al pensar que vería mi día; y lo vio y se alegró.
—Ni a los cincuenta años llegas —le dijeron los judíos—, ¿y has visto a Abraham?
—Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!
Entonces los judíos tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió inadvertido del templo. (NVI)

La cuestión empieza a ponerse áspera cuando Jesús afirma que ellos son hijos de Satanás. Es a partir de ello que empieza el pasaje que estamos leyendo. El Señor afirma que no está endemoniado, sino que él es honrado por el Padre. Y finalmente, dice que quien cumple su palabra no moriría nunca. Ahí es cuando los judíos se ponen como locos, llegando a exclamar expresando su convicción de que, a partir de este último dicho, Jesús mostraba que estaba efectivamente endemoniado. ¿Por qué les resultó tan chocando esta última frase respecto a las demás? Porque tanto Abraham como los profetas, los mayores íconos de la religión judía de aquel tiempo, habían muerto. Por ende, ¿cómo podía ser que este nazareno hijo de carpintero tuviera la osadía de decir tales cosas?

Finalmente, Jesús, lejos de echarse atrás por las acusaciones, les responde con firmeza diciendo que ellos no estaban siguiendo el camino de fe que había seguido su padre, Abraham. Él se regocijó en la promesa de Dios de que su descendencia sería como las estrellas del cielo, y de que por medio de su familia serían benditas todas las familias de la tierra. Es decir, vio a lo lejos el día en que Cristo vendría (Hebreos 11:13).

Es luego de todos estos idas y vueltas que Jesús hace la declaración “Antes de que Abraham fuera, Yo Soy”. Veamos las implicancias que tenía esta frase:

  • Jesús existía desde antes que Abraham: Esto lo vemos en la primera parte de su afirmación. Esto no tenía sentido para los judíos. Ellos no entendían cómo él podía haber visto a Abraham si no llegaba ni siquiera a los cincuenta años. La realidad es que, si bien esto es cierto, el Señor no afirmó haber visto al primero de los patriarcas, sino lo que dijo fue al revés. Es decir, este hombre lo vio a él. Acá vemos como los líderes judíos, en su afán por criticar a Jesús, llegaban a torcer sus palabras de este modo. Más allá de eso, el foco de la cuestión está en que Cristo afirma haber existido desde hace más de 2000 años, algo que sólo podría ser posible si el fuera un ser eterno. Y esto justamente lo vemos afirmado en la primera parte del Evangelio de Juan, donde dice que en el principio era el Verbo (Juan 1:1). Jesús existe desde antes de la fundación del mundo, y por ende, desde mucho antes que Abraham, el padre de la fe, existiera.
  • Jesús es Dios: Hasta acá entendimos que nuestro Señor afirma ser anterior a Abraham. El problema está en que, si simplemente hubiera querido decir eso, tendría que haber utilizado la expresión “antes de que Abraham fuera, yo era”. ¡Pero no! Como vimos, él existió siempre, por toda la eternidad, de manera que eso nos lleva a la clarísima conclusión de que es Dios. Y es justamente del nombre del utilizado por el Padre que el Hijo se adueña para confirmar este. “Yo Soy”, Ego Eimi, son justamente las palabras utilizadas por Dios cuando Moisés preguntó de parte de quién iba a hablar al pueblo (Éxodo 3:14). Esto fue intencional. Jesús estaba afirmando, delante de los judíos, que él era igual a Dios.
  • O verdad o blasfemia: Esta declaración termina llevándonos a nosotros a la misma encrucijada en que se encontraban los judíos. No tenemos muchas alternativas a la hora de pensar en cómo vamos a reaccionar ante esto. Nuestras opciones se limitan a dos posibilidades. Por un lado, podemos aceptar a Jesús como Dios y como nuestro Salvador; quien se humilló a sí mismo tomando forma de hombre y muriendo en la cruz por nuestros pecados. Todo esto implica considerar que lo que él dijo, al asociarse con el nombre Yo Soy, era una verdad. Por el otro, podemos tomar la actitud de los judíos, quienes consideraron esto como una blasfemia. Según pensaban ellos, este hombre había llegado a tal grado de locura que pretendía ser igual a Dios. Esto era una herejía según la ley de Moisés (Levítico 24:11-16), por lo que ellos reaccionaron de la manera que se esperaba en estos casos: intentando apedrear al blasfemo. Dos opciones: O creemos la verdad de Jesús o lo tratamos como un loco. No hay término medio para esto.

Lo judíos ya habían llegado al punto máximo de su irritación. No iban a permitir que alguien blasfemara de esa manera. Por ende, estaban dispuestos a responder con piedras. Jesús podría haber dicho que lo entendieron mal, que no era lo que ellos pensaban lo que él estaba afirmando. Pero no lo hizo porque justamente lo que él afirmaba era lo que ellos entendieron: Él se conocía a sí mismo como Dios. Luego de esto la situación se torna un poco confusa. No era la hora en que debía morir, y su muerte debía ser en una cruz. Es por eso que Jesús se escabulle. Este escape sin dudas que fue milagroso. ¿Cómo los judíos, con la euforia que tenían, podrían haberlo perdido de vista?

Además de lo que estuvimos viendo, este pasaje nos ayuda a entender que nunca debemos considerar a los grandes hombres del cristianismo como superiores al mismísimo Dios. Eso les pasó a los judíos; en su afán por honrar a Abraham pasaron por alto que estaban delante del Mesías de la promesa. Aquel que, a diferencia de los líderes religiosos, no se honraba a sí mismo, sino que recibía la honra de parte de Dios.

Que podamos reconocer al Señor como lo principal en nuestras vidas, por encima de cualquier persona o cosa. Que podamos entender que Jesús es la imagen del Dios invisible, y que se humilló haciéndose hombre para que hoy nosotros podamos tener libre acceso al Padre.

¡Dios te bendiga!

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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