Desde la cruz: “Elí, Elí, ¿lema sabactani?”

Ya habían pasado seis horas desde que había sido clavado en la cruz; eran las tres de la tarde. Recién acababan de disiparse las tinieblas que habían cubierto la tierra desde el mediodía. Y allí lo teníamos a nuestro Señor, padeciendo por nuestros pecados; el justo por los injustos (1 Pedro 3:18). Ya no resistía el terrible peso de tener que cargar con los pecados de toda la humanidad. En esta situación, pronunció la cuarta de sus últimas siete frases:

Mateo 27:46 – Y alrededor de la hora novena (3 p.m.), Jesús exclamó a gran voz, diciendo: “ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI?” Esto es: “DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?” (NBLH)

¿Qué quiere decir todo esto? ¿Estaba acaso Jesús haciéndole algún tipo de recriminación al Padre? ¿Estaba nuestro Señor dejándose llevar por sentimientos humanos a último momento? Analicémoslo juntos…

Jesús exclamó a gran voz

Es interesante ver el estado en que se encontraba Cristo. Había tenido que padecer juicios y torturas durante toda la madrugada de aquel día; había sufrido todo tipo de burlas hasta el momento de ser llevado hasta la cruz. Y allí estaba; colgado en un madero, haciéndose maldición por nosotros (Gálatas 3:13). Él no quería sufrir, pero sabía que ésta era la voluntad del Padre, quien lo envió a la tierra para pagar el precio de nuestra salvación. Toda esta situación lo llevó al límite de lo que su cuerpo humano podía resistir; sólo el hecho de ser Dios le dio la fortaleza para poder pasar por tan terrible calvario. Pero aun así, no pudo evitar emitir un grito que fue escuchado por todos los que estaban a su alrededor. Un grito de clamor, un grito de desesperación; es exclamar a gran voz.

Dios mío

¡Qué notable declaración es esta! Y lo que la hace más notable es que Jesús no la hace una sola vez, sino que vuelve a repetirla. “Dios mío, Dios mío”.

En el pasaje de Marcos 15:34 vemos que en lugar de usarse la expresión “Elí” se usa “Eloí”. Esto tiene que ver con una cuestión de manuscritos. En los más antiguos esta frase está registrada tal como la indica Mateo; mientras que en otros posteriores se encontró con esta sutil variante. Haciendo un análisis de lo que venía pasando, podemos inferir que el grito de Jesús decía Elí y no Eloí; esto se clarifica por el hecho de que en el versículo siguiente (Mateo 27:47) algunos judíos que estaban allí pensaban que estaba llamando a Elías. Es decir, su confusión es posible que viniera de la similitud que encontramos entre “Elí” y “Elías”, cosa que no se daría si Jesús hubiera dicho “Eloí”.

Dejando a un lado esta cuestión de qué palabra usó Jesús, veamos las implicancias que tiene esta primera parte de la frase:

  • A pesar de todo, creo en tu Palabra: Esta frase no el directamente de Jesús, sino que él la toma de la Palabra misma. Lo que dice es ni más ni menos que una cita del Salmo 22:1. Éste es un salmo mesiánico que relata todo lo que el Cristo debía sufrir. Al mencionarlo, Jesús le está diciendo al Padre que a pesar de todos sus sufrimientos, él aún creía en su Palabra. Y en ella encontraba regocijo, porque si leemos todo el salmo, vamos a encontrar como finalmente todo ese sacrificio se transformaría en gozo, y cómo todas las naciones se postrarán en adoración a aquel que vino a morir por nosotros. Es en esto en lo que se fortalecía Jesús para seguir adelante con la obra que le fue encomendada, aunque ella le traía mucho dolor. Las promesas del Padre son siempre fieles.

  • A pesar de todo, te reconozco como Dios: Jesús se dirige al Padre como Dios. A pesar de todas las circunstancias que estaba pasando, él sigue reconociendo la autoridad que tiene el Padre para hacer su perfecta voluntad, y se somete por completo a ella. No importa cuán dura era la situación que Cristo tenía que pasar, para él el Padre seguía siendo Dios, y eso era algo que nunca cambiaría. En cierta forma, una vez más, Jesús le estaba diciendo “no quiero pasar por esto; no quiero sufrir. Pero vos sos Dios y tus planes son perfectos, y yo confío en ellos”.

  • A pesar de todo, seguís siendo mi Dios: Es interesante notar que no sólo reconoce la autoridad general del Padre, sino que también la reconoce sobre su vida. “No sólo sos Dios, sino que seguís siendo MI DIOS”. Es es lo que entendemos en la expresión “mío”. A pesar de haber sido abandonado por el Padre, y de no sentir su presencia en su vida, él seguía creyendo en él como el único Dios verdadero”.

Hay una realidad, que es que nuestras circunstancias nunca se van a comparar con lo que Jesús pasó en esa cruz. Aun así, podemos tomar esta enseñanza para los tiempos de tribulación que pasemos en nuestras vidas. Que podamos confiar en su Palabra, reconocerlo como el Señor de todo, y creer personalmente en él, aun cuando la peor de las tinieblas se ciña sobre nosotros. ¡Esa es la fe verdadera! ¡Esa es la fe que salva! El Salmo 46:10 nos llama a mantener la calma, y simplemente saber que él es Señor. No importa qué situación vivíamos, él es nuestro Dios y podemos confiar en los planes que él tiene para nosotros, que son de bien y no de mal (Jeremías 29:11).

Por qué

En este último tiempo, cada vez más frecuentemente, escucho sobre la tendencia cristiana a atacar los porqués que podemos llegar a plantearle a Dios. Mucha gente habla de que no tenemos que hablar de porqués cuando se trata de la voluntad del Señor en nosotros, sino simplemente de paraqués; es decir, que podamos buscar entender cuál es el propósito por el cual pasamos por esa circunstancia. Esta es una gran verdad. Es decir, es muy bueno que podamos buscar el propósito detrás de todo lo que nos pasa, sabiendo que tenemos un Dios soberano, y que nada de lo que nos ocurre es casualidad, sino que todo forma parte de su perfecta providencia. Dios tiene múltiples propósitos para nuestras aflicciones.

Sin embargo, no estoy de acuerdo con la desestimación que sufren los porqués. “Vos no le tenés que preguntar a Dios por qué, sino para qué”, se suele decir. En este caso, la refutación la da el mismo Jesús. Él, en su momento de mayor angustia, no le preguntó al Padre para qué, sino que le preguntó por qué. Sabía que él tenía que venir a morir por todos nuestros pecados; tenía que hacerse pecado por nosotros, pero aun así le preguntó a Dios por qué tenía que pasar por todo esto.

De la misma manera, nosotros también podemos clamar a Dios preguntándole por qué nos pasan ciertas cosas; por qué tenemos que sufrir. Esto, siempre y cuando cumplamos el punto anterior: Mantengamos nuestra confianza en su Palabra, en su autoridad como Dios y en que él es nuestro Dios.

Me has desamparado

Romanos 3:23 señala que todos pecamos, y ese pecado hace que todos estemos alejados de Dios, sin posibilidad de reconciliarnos con él. Todos merecemos la muerte por nuestras iniquidades (Romanos 6:23). Sin embargo, Dios muestra su amor y su gracia en que siendo pecadores Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8). Él tomo el lugar que nosotros merecíamos. Él, que no tenía pecado, se hizo pecado por todos nosotros (2 Corintios 5:21).

Entonces, si entendimos que el pecado nos separa de Dios, y luego entendimos que Jesús se hizo pecado para sufrir toda la ira del Padre, que nosotros merecíamos, hay una conclusión absoluta: El Padre y el Hijo se separaron en esa cruz. Dios no podía permanecer unido a Jesús, porque éste se había hecho pecado, y él no puede convivir con el pecado. Es por eso que nuestro Señor grita con todo su ser: “por qué me has desamparado”. Él sabía la razón, pero esto le causaba un dolor tremendo.

En general, cuando pensamos en  de Jesús, ponemos nuestra atención en cómo lo torturaron físicamente. Que los latigazos, que la corona espinas, que los golpes, que la cruz. Algunos van un poco más allá de eso, y reconocen que el dolor físico sólo era una parte de su sufrimiento, ya que también tenía un dolor sentimental. Su pueblo lo estaba matando; sus discípulos lo abandonaron; aquellos a quienes él había venido a salvar lo estaban torturando. Estas dos cosas son ciertas: Jesús sufrió un profundo dolor físico y emocional. ¿Pero saben qué es lo que me obliga ponerme de rodilla y adorar a nuestro Señor? Que él tuvo que pasar por algo que no se vio en ningún momento de la eternidad hasta ese día: Se separó del Padre. Es por eso que su sufrimiento llegó a un nivel extremo. Nunca había estado un momento separado de la presencia del Padre, pero acá vemos como el Padre lo abandona para derramar toda su ira sobre el Hijo. Es esa la copa que Jesús no quería beber (Mateo 26:39). No obstante, es la copa que terminó bebiendo para que nosotros hoy podamos ser salvos. ¡Cuán grande es nuestro Señor! ¡Cuánto amor derramado en esa cruz! ¿Cómo no rendirnos en agradecimiento a él por lo que hizo? ¿Cómo no entregar nuestra vida por completo a aquel que la dio por nosotros?

Te animo a que puedas reflexionar en esta frase: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y que esta te lleve a postrarte en una completa adoración al único rey de reyes, que vive y reina por siempre, amén.

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

More Posts

Comentarios

comentarios

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *