Yo Soy el Pan de Vida: Sermón

Lectura: Juan 6:25-59

Introducción

Imaginemos que vamos por la calle caminando y vemos a un hombre que anda por ahí diciendo que Él es Dios. Diciendo que Él es el pan de vida y que nadie puede vivir sin Él. O que Él es la luz del mundo y que todos los que no crean en Él están en oscuridad ¿Qué pensarías vos de ese hombre? ¿Qué es un gran maestro? ¿Qué está completamente loco? ¿Le creerías?

Muchas personas consideran a Jesús como un gran maestro. Un hombre de gran sabiduría que enseñó conceptos muy interesantes sobre la vida y cómo vivirla. Pero la verdad es que las personas que dicen esto, no conocen muy bien las enseñanzas de Jesús. Seguramente, si estas personas escucharan las enseñanzas de Cristo, no dirían que Él fue un gran maestro. Más bien dirían que era una persona que estaba totalmente loca, o que tenía un complejo de superioridad rara vez visto, o, a lo sumo, que verdaderamente era quien decía ser, Dios mismo.

Esta es la gran diferencia entre Jesús y los maestros de otras religiones. Si ustedes van y le preguntan a Buda o Mahoma como ser salvos, ellos te van a decir: “hace todo esto, seguí todas estas instrucciones y listo”. Pero Jesús dijo: “Yo soy el camino la verdad y la vida”, si quieren ser salvos, mírenme a mí, búsquenme a mí. Vamos a aprender qué es lo que dice Cristo acerca de sí mismo. Para eso vamos a analizar los famosos “Yo Soy” de Jesús en el evangelio de Juan.

La relevancia de estas declaraciones

Estas frases de Jesús siempre han sido utilizadas como pruebas de su Deidad. No caben dudas de que el evangelio de Juan es el que más claramente presenta a Jesús como Dios. Para eso usa varios títulos: El Verbo (La Palabra, del griego lógos) que estaba con Dios desde el principio y era Dios, el Unigénito Hijo de Dios, por nombrar un par. Pero también hace alusiones a la Deidad de Cristo de forma más sutil. Si analizamos la gramática griega de cada uno de los “Yo Soy” de Jesús, vamos a encontrar que las palabras traducidas como “yo soy” son las palabras griegas ego eimi. Este tipo de frase es muy rara, ya que la palabra ego quiere decir “yo” o “yo soy” y la palabra eimi también quiere decir “yo soy”. Entonces, si lo traducimos literalmente, nos quedaría algo así como “Yo soy yo soy”, lo cual no parece tener mucho sentido ¿Por qué utilizó Juan este tipo de frase? Jesús probablemente no hablaba griego, sin embargo, Él habrá usado palabras que en griego se traducirían con esa frase. También sabemos que cuando Jesús dijo “Antes que Abraham existiera, yo soy” (Juan 8:58), los fariseos y maestros de la Ley tomaron piedras para apedrearlo, pero no lo lograron. La razón de esta violenta respuesta es la siguiente: Ellos entendieron que Jesús se estaba igualando a Dios. Hay otro lugar en donde se puede encontrar la frase ego eimi, esto es en la traducción griega del Antiguo Testamento llamada Septuaginta o Biblia de los setenta, abreviada LXX. Esta traducción fue creada en Alejandría, para incluir los Textos Sagrados de los Judíos en la Biblioteca de esa ciudad. Para esta tarea, se convocó a setenta y dos estudiosos hebreos que pudieran traducir el texto original, escrito en hebreo y arameo, al griego común (llamado koine). Lo impresionante es el lugar en el que  encontramos la frase ego eimi; Esta se encuentra en Éxodo 3:14, donde Dios le dice a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY [ego eimi]- y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: YO SOY [ego eimi] me ha enviado a ustedes”. La LXX era muy utilizada por los judíos y los primeros cristianos. Es probable que Juan haya usado esta traducción para probar aún más su punto, que Jesús no es sólo un hombre, sino que también es Dios. Los fariseos entendieron que Jesús se estaba atribuyendo el Nombre Divino y por lo tanto querían apedrearlo por cometer el pecado de blasfemia, aunque nosotros sabemos que Él no cometió dicho pecado, sino que verdaderamente es Dios.

Pero estos dichos de Jesús no sólo son relevantes como pruebas a favor de la Deidad de Cristo, sino que también son muy importantes para la vida diaria de todos los cristianos. Estos dichos nos enseñan quién es Cristo, cómo nos relacionamos con Él, cuál es su función y también nos enseñan muchas cosas sobre quiénes somos nosotros. Estas increíbles declaraciones van a enseñarte lo grandioso y precioso que es nuestro Salvador.

Contexto del pasaje

El episodio ocurre unos días después de que Jesús alimentó a los cinco mil hombres. Muchos habían estado buscando a Jesús porque querían hacerle Rey (Juan 6:15), por el increíble milagro que había hecho. Pero Jesús se apartó de ellos. Tenemos que entender que la época en la que Jesús hizo este milagro no era un momento de gran prosperidad económica. No existía la producción de alimentos a escala industrial. La mayoría de la gente era pobre y el alimento no era algo que se daba por sentado. No tener para comer algún día era una situación común en aquel tiempo. En muchas ocasiones, una mala cosecha, un mal clima, podían significar la muerte de mucha gente por causa del hambre. Hoy en día, una mala cosecha, o mal clima puede quizás hacer que aumenten un poco los precios de la comida, pero el ciudadano promedio puede estar tranquilo de que no morirá de hambre. Sabemos, por el versículo 59, que Jesús se encontraba predicando en una sinagoga de Capernaúm.

Jesús es la provisión necesaria para tener vida eterna

Jesús no vino a darnos la solución a nuestros problemas materiales, Él vino a darnos la vida eterna

Luego de darse cuenta que Jesús estaba al otro lado del lago, los hombres que fueron alimentados quisieron ir buscarlo. Pero veamos lo que Jesús les dice:

“Ciertamente les aseguro que ustedes me buscan, no porque han visto señales sino porque comieron pan hasta llenarse” (Juan 6:26).

Jesús sabía sus verdaderas intenciones. No estaban buscándole sinceramente o porque creían en Él. Lo buscaban porque querían más pan. Lo buscaban por razones materialistas. Recordemos que en el contexto en que nos encontrábamos, tener pan a veces era una cuestión de vida o muerte. La gente, al ver el poder de Cristo para multiplicar el pan, se desesperó. Querían declararlo rey, ya que tenía un poder de solucionar problemas como el hambre.

Vamos a ver más adelante que los judíos le piden una señal a Jesús. Lo cierto es que Él ya había hecho una señal, el gran milagro de alimentar a 5000 hombres (sin contar mujeres y niños) con tan solo cinco panes y dos peces. Esta señal debería haber sido reconocida por ellos. Ellos tendrían que haber entendido que este milagro apuntaba a Cristo como la fuente de nuestra vida espiritual. Pero no lograron ver más allá del plano natural. Ellos se habían llenado la panza y querían volver a llenarse.

Dios no quiere que lo busquemos por este tipo de cosas. Los seres humanos siempre buscamos a Dios para que nos solucione los problemas. Pero en realidad no estamos buscando a Dios, estamos buscando una solución, cualquiera que sirva. Jesús quiere que lo busquemos a Él, por quien Él es, no por lo que Él puede hacer. Pero esto para el hombre es imposible, cómo vamos a ver más adelante.

En el v. 27, les dice algo curioso. Parecería que está diciendo que uno tiene que hacer cosas para ganar la salvación. Al menos esto es lo que pensó la gente porque le preguntaron “¿Qué es lo que Dios exige?”. Lo preguntan como si alguien pudiera cumplirlo. Jesús les aclara que lo que deben hacer es confiar en Él (v. 29). Nunca debemos creer que podemos hacer algo para satisfacer las demandas de Dios. Todos somos pecadores y por más que intentemos hacer el bien, siempre terminamos pecando, porque el mal está en nuestra naturaleza. No podemos ni queremos agradar a Dios. No podemos vivir confiando en nuestras propias obras para ser salvos. A Dios no le agrada nada eso. El único que pudo vivir una vida que agradó a Dios fue Cristo. Es por eso que Jesús dice que debemos confiar en Él. Es la única forma de ser salvos.

Además de esto, Jesús les muestra un claro contraste entre las prioridades de estas personas y las cosas que son verdaderamente importantes. Él les dijo:

“Trabajen, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual el Hijo del Hombre les dará, porque a Él es a quien el Padre, Dios, ha marcado con Su sello.” (Juan 6:27)

Ellos estaban muy preocupados por su vida aquí en la Tierra. Su prioridad estaba puesta en el alimento que perece. Jesús quería que se den cuenta que el alimento que perece no merece tanta atención como el alimento que da la vida eterna. El alimento que perece, los bienes materiales, son necesarios en cuanto nos sirven para mantenernos con vida, pero el verdadero alimento, por el cual debemos ocuparnos, es el alimento espiritual. Ese es el alimento en el cual nosotros debemos destinar la mayor parte de nuestra energía. Debemos ocupar nuestra mente y corazón en nuestra salvación. Tenemos que entender que las cosas materiales son lindas y necesarias, pero la salvación es un asunto de vida o muerte. John Bunyan, autor de un hermoso libro llamado “El Peregrino”, dijo una vez: “¿Qué locura mayor puede haber que el hombre trabaje por la comida que perece, y descuide el alimento de la vida eterna?”. Por lo tanto, debemos estar todo el tiempo buscando el alimento de vida eterna, que es el regalo gratuito de Cristo. Quienes buscan este alimento espiritual, son aquellos que lo reciben. Los que viven preocupados por las cosas de este mundo, no pueden recibir este alimento, ni les interesa recibirlo y esa es su condenación.

Jesús no vino a resolver los problemitas de nuestra vida. Por más grande que estos sean, para Dios siguen siendo pequeñeces al lado del verdadero problema, es decir, el pecado. Hermanos, dejemos de vivir un cristianismo tan centrado en nosotros. Vamos a ver que casi no se nos nombra a nosotros en todo este pasaje, sino a Jesús y al Padre. Empecemos a transformar nuestra mente. Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme por medio de la Palabra y cambiemos nuestra forma de pensar. Tengamos una mente más centrada en Dios y no en nosotros. Jesús vino a resolver el problema de nuestra redención, no el problema de la pobreza, el desempleo, etc.. El planeta entero un día dejará de existir, porque la creación tiene fecha de vencimiento. Nosotros debemos ocuparnos más por nuestra vida en la nueva creación que por la vida en esta creación corrompida por el pecado y maldita por causa de nuestra maldad. Jesús más adelante dice:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo el que Él me ha dado Yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final. Porque ésta es la voluntad de Mi Padre: que todo aquél que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y Yo mismo lo resucitaré en el día final.” (Juan 6:38-40 NBLH)

Nos encontramos en una situación desesperante ante un Dios Santo y Justo que no tolera el pecado en absoluto. Y nosotros hemos cometido una traición de magnitudes cósmicas, habiendo abandonado la autoridad y el amor de Dios, cometiendo incontable cantidad de pecados. Este es el problema en el cual debemos enfocarnos y es este el problema que Jesús vino a resolver. Si necesitaramos soluciones a nuestros problemas materiales, Dios nos hubiera mandado un político (honesto, obviamente), un economista, un ingeniero, etc.. Pero como lo que necesitamos es salvación, nos mandó un Salvador, Jesucristo. Por eso Jesús dice que descendió del cielo: ¡Para que todo el que ve al Hijo y cree en Él no se pierda y sea resucitado en el día final!

Creo que muchos de nosotros nos hemos olvidado que el evangelio se trata de salvarse de la condenación de Dios y pensamos que es tener “una buena vida”. Hermanos, por supuesto que está bien querer tener una buena vida, pero no es lo esencial. Dado que este mundo tiene los días contados y que está lleno de corrupción y maldad, hacemos muy mal en asentarnos y ponernos demasiado cómodos en él. Jesús advirtió muchas veces contra este tipo de actitud. Él dijo:

“No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

Mateo 6:19-21 (NBLH)

Y también dijo:

“El que ha hallado su vida, la perderá; y el que ha perdido su vida por Mi causa, la hallará.” (Mateo 10:39 NBLH)

El enfocarnos en esta vida terrenal de forma excesiva es una actitud que podemos esperar en los incrédulos. Pero aquellos que tenemos la esperanza de la vida eterna deberíamos esforzarnos en vivir para aquella vida y no para esta ¿Cuánto pensamos en el Reino de Dios? ¿Cuánto de nuestro tiempo ocupamos en conocer más a Dios? ¿Cuánto hacemos para que el Reino de los cielos avance? No vivamos para este mundo.

Jesús es el verdadero pan del cielo, no el maná

Jesús les dijo también que “Él es a quien el Padre, Dios, ha marcado con Su sello”.

Pero, ¿Cómo podemos saber que Jesús es el Hijo de Dios?

Esta era la pregunta que se hacían los que le estaban siguiendo. Ellos no sólo preguntaban, sino que querían que Jesús demostrara su poder haciendo otro milagro/señal. Como ejemplo, le dijeron que Dios para demostrar que estaba con los israelitas en el desierto, les dio de comer pan del cielo (v. 30-31). La historia se encuentra en Éxodo 16. A esto, Jesús les responde que el verdadero pan del cielo es aquel que baja del cielo y da vida al mundo, revelando que Él es el pan de vida. El maná era una sombra que apuntaba al verdadero pan que iba a descender del cielo y a dar vida. A pesar de todo lo que les decía, los judíos seguían pensando que Jesús hablaba en términos de comida material. Esto es porque como hombres naturales, muertos espiritualmente, no tenían la capacidad de entender las cosas espirituales (1 Corintios 2:14).

El maná del cielo fue un milagro verdaderamente asombroso. Pero seguía siendo alimento material. No basta ese alimento para ser salvo. Los judíos siempre cometieron el grave error de asumir que eran salvos, simplemente por pertenecer al pueblo escogido por Dios. Ellos daban por sentado su salvación, sin realmente mostrar importancia en la verdadera religión. No tenían ningún interés en las cosas espirituales. Esto mismo nos puede suceder a nosotros. No asumamos nunca la salvación. Al contrario, el apóstol Pablo nos insta a ocuparnos de nuestra salvación con “temor y temblor”, sabiendo que es Dios quien obra en nosotros (Filipenses 2:12-13). Y en otro pasaje él dice:

“Pónganse a prueba para ver si están en la fe. Examínense a sí mismos. ¿O no se reconocen a ustedes mismos de que Jesucristo está en ustedes, a menos de que en verdad no pasen la prueba?” (2 Cor. 13:5 NBLH)

No es que nuestra salvación sea por obras, ya que sabemos muy bien que la salvación es por gracia por medio de la fe y no por obras (Efesios 2:8-9). Pero también sabemos que las obras son el resultado de la salvación, de la fe verdadera y el fruto del Espíritu Santo. Por lo tanto, por el bien de nuestra propia seguridad de la salvación, esforcémonos en demostrar los frutos de la misma.

Otra cosa que Jesús revela es que “ir” a Él equivale a comer de su cuerpo y el “creer” en Él, equivale a beber de su sangre ya que dice que si vamos a Él no tendremos hambre y si creemos en Él no tendremos sed (v. 35). Más adelante vamos a ver lo que significa exactamente “comer su carne y beber su sangre”.

El origen de Jesús queda bien claro en este evangelio. Él dice que fue enviado por el Padre desde el cielo (6:38-39). Jesús nunca dice haber sido creado. Él fue enviado, por lo tanto ya existía desde la eternidad. Y Juan quita toda duda del origen de Jesús en los primeros versículos de su evangelio: Jesús es Dios, la Palabra o el Logos, la segunda Persona de la Trinidad. Por medio de Él todas las cosas fueron creadas. Esto era un gran tropiezo para los judíos. Ellos no podían entender el origen divino de Jesús. En los v. 41-42 vemos cómo se manifiesta la incredulidad de ellos. No lo podían creer. Pero ¿Por qué? ¿Por qué no creían? ¿Por qué hay tanta gente que aun no cree? ¿Por qué nosotros sí creemos?

Nadie va a Jesús si no es traído por el Padre

La razón por la que los judíos no creían es dada por Jesús y es sencilla: Ellos no creían porque no podían creer. Leamos el versículo 44. Jesús dice “Nadie”. Nadie quiere decir “ninguna persona”. Sin excepciones. Al decir “Nadie puede venir a mi” nos está hablando de la total inhabilidad que tiene el hombre para buscar a Dios. Pero ¿Cómo creímos nosotros? Hay una condición. Jesús dice “si no lo trae el Padre que me envió”. Por eso no creían. Porque el Padre no los había atraído. Por eso Jesús sabía que ellos no creían. Sólo aquellos que son atraídos por el Padre, son los que verdaderamente van a Jesús (v. 43-45). Hay mucha confusión en el mundo cristiano hoy en día respecto a esto. Pero si leemos consistentemente la Palabra, vamos a darnos cuenta de que cuando Dios, el Espíritu Santo, llama a alguien, lo hace de forma eficaz, transformando la forma de pensar de la persona. De esta forma, el pecador que antes estaba en rebeldía y oscuridad, en muerte espiritual y no quería ir a Jesús, ahora desea ir a Jesús con todo su corazón. Decimos que esta llamada es eficaz, porque quien es llamado por Dios, responde y cree en Jesús (Romanos 8:29-30).

Pensá en tu propio llamado ¿Por qué creíste? ¿Qué? ¿Sos más inteligente que los incrédulos? ¿Tenés alguna característica que Dios deseaba y por eso te salvó? ¡De ninguna manera! No hay razón por la cual somos salvos, excepto la gracia y el eterno propósito de Dios. Este es uno de los dichos de Jesús que los teólogos llaman “dichos difíciles”. Estos son difíciles en dos sentidos: (1) Son difíciles de entender para nuestra mente humana (2) Suenan demasiado duros a nuestros oídos. Pero estas frases fueron dichas por el mismísimo Señor Jesús, y por lo tanto no podemos tomarlas a la ligera. Deberíamos tratar de interpretarlas y aceptarlas. R.C. Sproul dice:

“Muchos llamados discípulos de Cristo hoy en día exhiben la misma inconstancia[que los judíos que estaban cuestionando a Jesús]- profesan compromiso y lealtad a Jesús hasta que lo escuchan enseñar algunas cosas que no les gusta”.

Oremos para que esto no nos suceda a nosotros. Por si nos quedaran algunas dudas acerca de esta enseñanza, Jesús la basa en las palabras que Dios ya había hablado por medio de los profetas Isaías y Jeremías. Esto lo vemos claramente en el versículo 45 cuando dice “Escrito está en los profetas: ‘Y todos serán enseñados por Dios’”. No podemos simplemente ignorar lo que Jesús está diciendo aquí. Debemos tratar de entenderlo y de aceptar lo que Él nos dice. El apóstol Pablo habló de estas enseñanzas difíciles en su carta a los Romanos y su única respuesta ante tan profundas doctrinas fueron:

“¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios e inescrutables Sus caminos! Pues, ¿quien ha conocido la mente del Señor? ¿o quien llegó a ser Su consejero? ¿o quién Le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A El sea la gloria para siempre. Amén.” (Romanos 11:33-36 NBLH)

Esta doctrina debe humillarnos ante el propósito eterno de Dios y en agradecimiento debemos abrazar el amor incondicional con el cual nos ha amado y nos ha bendecido con toda bendición espiritual. También debemos glorificar a Dios porque ha decidido manifestar su gloria de esta forma, salvando pecadores que no lo merecían.

Jesús también dice que todo el que es atraído a Él por el Padre no va a ser rechazado. El Padre, en su infinito amor por el Hijo, nos atrae hacia Él para que le amemos. Y el Hijo, en infinita gratitud y amor por el Padre, nos recibe como el más hermoso regalo de amor ¿Por qué amamos un regalo hecho por una persona? ¿Es por el valor del regalo en sí mismo? ¿No es porque amamos a la persona que nos lo regaló? A veces, un regalo puede no ser de mucho valor material, pero cobra un gran valor sentimental, sólo porque fue regalado por un ser querido. Así, el Hijo nos ama, no por un valor inherente en nosotros, sino porque fuimos dados a Él por el Padre. La frase de los versículos 39-40 nos da gran consolación y esperanza: Jesús nos dice que la voluntad del Padre es que todo el que crea en el Hijo tenga vida eterna y será resucitado. Además Él nos asegura que no va a perder a ninguno de los que el Padre le ha entregado. La frase “Lo resucitaré en el día final” es repetida cuatro veces. Claramente, Jesús se está refiriendo a el día de su segunda venida. El día del cual habla Pablo en su primer carta a los Tesalonicenses cuando dice:

“Pues el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo se levantarán primero. Entonces nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre.” (1 Ts. 4:16-17 NBLH)

Por lo que concluimos que todo aquel que es traído por el Padre es recibido por el Hijo y el Hijo mismo se encarga de que ninguno de ellos se pierda, sino que en el último día será resucitado. Es por eso que en este mismo evangelio, Jesús ora por sus discípulos, los verdaderos, diciendo:

“Ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos.”

Y más adelante:

“Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste, para que sean uno, lo mismo que nosotros. Mientras estaba con ellos, los protegía y los preservaba mediante el nombre que me diste, y ninguno se perdió sino aquel que nació para perderse, a fin de que se cumpliera la Escritura.”

Y por último:

“No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad.” (Juan 17:6-19)

Y también el autor de Hebreos dice:

“Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos.” (Hebreos 7:25 NBLH)

Todo esto nos da gran seguridad de nuestra salvación. Podemos concluir que, en lo que respecta a nuestra salvación, la obra de llamarnos a Cristo para ser salvos y la obra de perseverar hasta el final en la fe no depende de nuestro esfuerzo, sino de la enorme y sublime gracia de Dios obrando en nosotros.

Coma de la carne y beba de la sangre de Cristo

¿Qué es lo que debemos hacer nosotros? Jesús dice que debemos comer su carne y beber su sangre para ser salvos. Vuelve a repetir que Él es el verdadero pan de vida (v.48). Los israelitas en el desierto comieron el maná y los mantuvo con vida por mucho tiempo, pero luego perecieron. Pero si nosotros comemos del pan de vida, que es Cristo, tendremos vida eterna.

¿Cómo podemos comer la carne de Cristo y beber su sangre? Esto nos está apuntando a la cruz. Podemos ver estos símbolos en la Santa Cena. Allí, Él dice que el pan es su cuerpo que es entregado por nosotros. El entregó su cuerpo para ser partido y nosotros, al creer en Él, estamos siendo llenos de la vida de Cristo. En cierta forma, nos alimentamos de Él espiritualmente hablando. Y esta vida es una vida eterna. Por lo tanto, todo el que cree en Cristo, tiene vida eterna (Juan 3:16).

El pan y el agua son la provisión más básica que un ser humano puede tener. Sin ellas, no hay nada más importante. Nosotros estamos acostumbrados a darlos por sentados. Más de uno de nosotros haríamos bien en reducir nuestro consumo de pan un poco. Pero cuando no hay pan, les puedo asegurar que nada en la vida va a ser más importante que eso.

Hermano, Jesús utilizó esta metáfora, esta analogía, para que entendamos que Él es la provisión básica para la vida espiritual. No podemos tener vida espiritual si no nos alimentamos de Él. Y esto se debe a que sobre nuestras cabezas tenemos una sentencia de muerte que sólo el sacrificio expiatorio de Cristo puede borrar. No hay ninguna cosa que nosotros podamos hacer para que el castigo de Dios sea retirado de nuestras cabezas, excepto arrepentirnos y confiar en que Cristo murió por nosotros. Él dio su vida, su carne y su sangre, para que nosotros tengamos vida. En cierta forma, nos alimentamos de Él en este sentido. Así como una vaca es asesinada para que nosotros podamos alimentarnos y en consecuencia conservar nuestra vida, de la misma forma, Cristo fue asesinado para que nosotros podamos conservar nuestra vida espiritual.

Cristo llevó nuestras culpas voluntariamente sobre Él. Por lo tanto, coma del cuerpo de Cristo y beba de su sangre. Acepte la vida que hay en Él. No deje nunca de pasar esta oportunidad. No hay nada más importante en este mundo que la decisión de arrepentirnos de nuestros pecados y de confiar en Cristo como nuestro Salvador. Esto es algo totalmente personal. Yo no puedo comer por usted. Tampoco puedo beber por usted. Por lo tanto, yo no puedo arrepentirme de sus pecados y no puedo creer en Cristo por usted. Debe tomar una decisión personal hoy mismo, si es que aún no la ha tomado.

Aquellos que aún no han comido ni bebido de Cristo, no tienen sustento para su vida espiritual. Ellos siguen bajo la condenación de Dios y lo único que esperan es su muerte y luego el juicio, donde serán castigados justamente por Dios por su rebelión y morirán por toda la eternidad. Es por eso que no puedo exagerar lo suficiente acerca de la importancia de esta decisión. Nuestra eternidad está en juego.

Crea hoy que Jesús es el verdadero pan del cielo. No busque en Él lo que todos buscan, crea en Él para vida eterna

No seamos como aquellos judíos que escucharon este sermón y dijeron: “¡Qué enseñanza más difícil! ¿Quién podrá aceptarla?”. No. Es mi oración que hoy el Señor esté tocando tu corazón, que el Padre esté obrando en tu vida y que prestes atención al llamado del Espíritu Santo. Los judíos abandonaron a Jesús porque no podían creer que Él era quien decía ser. No podían aceptar su condición desesperante delante del tribunal de Dios y no querían creer que dependían de la obra redentora de Jesús para ser salvos. No cometan el mismo error. Su muerte en la cruz es la provisión definitiva de Dios para aquellos que creen en Jesús. Hoy Dios dice una vez más: “Yo Soy el pan de vida” ¿Le creemos? Si creemos en que Jesús tomó nuestros pecados y fue castigado por ellos, nosotros ya estamos en paz con Dios, y nos justifica, nos adopta y nos une a Cristo para siempre.

Por último ¿Qué estamos haciendo con esta provisión tan preciada? ¿Estamos compartiéndola con los demás? ¿Entendemos que si ella nadie podrá ser salvo? Y si lo entendemos ¿Qué estamos haciendo que no compartimos las buenas nuevas? ¿Qué estamos haciendo mientras millones de personas se están perdiendo y yendo al infierno? ¿Se ponen a pensar en estas cosas hermanos? ¿Se dan cuenta lo urgente que es nuestra misión? Es por eso que debemos prepararnos, seguir creciendo como cristianos y haciendo discípulos en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro barrio, en nuestra Iglesia, etc.. Y también debemos preocuparnos por aquellos que nunca han oído el evangelio y no cuentan con ningún medio para oírlo. Viven en países donde hay menos del 2% de cristianos. Lo más probable es que ellos nazcan, crezcan y mueran sin haber escuchado nunca acerca de Cristo, el pan de vida. Y nosotros lo tenemos aquí, en nuestras manos. Tenemos la provisión necesaria para que ellos tengan vida espiritual. Esta es nuestra deuda, no con Dios, sino con el resto del mundo, que está muriendo y no sabe qué hacer para ser salvo. Oremos para que Dios nos de nuevas convicciones y que entendamos la urgencia de la predicación del evangelio.

Matías Salerno

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Cristo. Ingeniero en Informática egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Curioso, tratando de aprender siempre algo nuevo, busco estudiar la Palabra de Dios para poder compartir el evangelio con los demás

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Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Cristo. Ingeniero en Informática egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Curioso, tratando de aprender siempre algo nuevo, busco estudiar la Palabra de Dios para poder compartir el evangelio con los demás

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