Héroes de la Fe: Henry Martyn

En la mayoría de los casos, cuando analizamos la vida de un siervo de Dios, encontramos que él estuvo casado y tuvo varios hijos; parece un patrón que se repite una y otra vez. Esto puede resultar desmotivante para aquellos que todavía no encontraron a la persona indicada para acompañar sus vidas. ¿Dios puede usarme a pesar de mi soltería? ¿Sólo yo tengo la desgracia de pasar por dificultades amorosas? ¿Siempre los hombres fieles al Señor tuvieron matrimonios felices? Si esta es tu situación, entonces este artículo te va a ser de mucho aliento. En esta ocasión quiero contarte la historia de un hombre llamado Henry Martyn. Él fue un gran hombre de Dios, usado de una manera increíble en su ministerio. Sin embargo, tuvo que atravesar por un gran problema en su vida amorosa en un momento determinado de su vida. Y lo más interesante de todo es que, a pesar de tanto dolor, él supo seguir adelante, cumpliendo con el llamado que le había sido encomendado.

Henry Martyn nació el 18 de Febrero de 1781 en Cornwall, Inglaterra. Él pertenecía a una familia que tenía un buen pasar económico. No obstante, ya al comienzo de su vida tuvo que sufrir dificultades: Cuando tenía tan solo dos años, su madre murió de tuberculosis. Durante sus estudios escolares atravesó por grandes complicaciones en lo relacionado con su falta de habilidad para los deportes, lo cual en muchos casos lo hacía víctima de acoso por parte de otros chicos. A pesar de eso, tenía una mente brillante. A los 16 años entró a la universidad de Cambridge, siendo una persona que tenía un completo rechazo hacia Dios. Todo cambiaría cuando su padre murió. En ese momento, comenzó a leer la Biblia. Además, empezó a verse motivado por las oraciones de su hermana Sally, quien era una cristiana devota. Finalmente, los sermones del pastor Charles Simeon fueron los que, junto con todas estas situaciones personales, terminaron llevándolo al Evangelio.

En 1801 se graduó con los máximos honores en Cambridge, para simplemente decir: “Alcancé mis mayores deseos, pero me sorprendí al darme cuenta que sólo agarré una sombra”. Ya no le importaba su prometedora carrera académica; él quería predicar a Cristo. Es así que comenzó a estudiar teología, para finalmente ser ordenado ministro de la iglesia anglicana en 1803. Él trabajo de manera muy cercana a Charles Simeon, quien le permitió conocer acerca de dos hombres cuyas historias cambiarían su vida: David Brainerd y William Carey. El primero, un estadounidense, yerno del famoso predicador Jonathan Edwards, que realizó una labor increíble evangelizando a los pueblos aborígenes de Norteamérica durante el siglo XVIII. El segundo, es el conocido como el padre de las misiones modernas, quien para la época de la conversión de Martyn llevaba 7 años en la India misionando. Es interesante que a pesar de que su ministerio empezó en 1793, recién pudo bautizar a un indio en 1800, debido a las grandes dificultades que tuvo que pasar. A pesar de todo, él dejaría una semilla que sería fundamental para todos los misioneros que llegaron después a aquella región.

Todo parecía andar bien, y en principio no habría obstáculos para que Henry Martyn iniciara su vida como misionero. Así lo era hasta que conoció a quien él llamaría “su ídolo amado”: Una joven seis años mayor que él llamada Lydia Grenfell. Ella le correspondía su amor, por lo que en principio no habría problemas. Pero las cosas no iban a resultar tan sencillas…

Cuando él comenzó a preparar su viaje a India, le propuso matrimonio a Lydia, de manera que pudieran ir juntos a misionar. No había mayor deseo para este hombre que formar un hogar y dedicar su vida por completo a Dios junto a la mujer que amaba. Eso lo hubiera llenado por completo. El problema surgió cuando la madre de Lydia se opuso al matrimonio porque no permitiría que su hija se fuera al extranjero. A partir de ese momento, empezó una gran disputa en la mente de Martyn: ¿Se quedaría en Inglaterra para estar con su amada u obedecería a Dios yendo como misionero a la India? Este dilema estaba en su mente en todo momento. Podemos imaginarnos a este hombre queriendo convencerse de que su viaje al extranjero podía ser un deseo suyo, pero no lo que el Señor quería para él. Es por ello que esta chica se convirtió en su ídolo amado. Tenía que entregarla para poder cumplir con la voluntad de Dios en su vida, pero no podía hacerlo. Martyn escribió este en ese tiempo: “Estuve orando durante hora y media, luchando contra lo que me ataba… cada vez que estaba a punto de logran la victoria, mi corazón regresaba a su ídolo y, finalmente, me acosté sintiendo una gran pena”. Sencillamente sentía que no podía dejar a Lydia.

Finalmente, en 1805, Henry Martyn subió a un barco que lo dejaría, luego de nueve meses de periplo, en la India. Desde el momento que salió de su país mostró un vigor increíble para proclamar el Evangelio a todo el que estuviera a su alrededor. No fue fácil la decisión, y todavía derramaba lágrimas pensando en que estaba dejando atrás a la persona que más quería en el mundo, aunque a la vez él sabía que Dios era más importante que cualquier cosa en su vida. Una vez asentado en el nuevo país y desarrollando las tareas de misionero, no se olvidó de su “amado ídolo”. Mantuvo una correspondencia casi constante con ella. En una de sus cartas, le propone matrimonio y la invita a viajar a la India, petición que nuevamente fue rechazada por causa de la madre de la chica. Imaginen cómo estaría Martyn en ese tiempo. Enviar la carta y esperar durante largos meses la respuesta. Luego de ese tiempo, le llega el mensaje. Tiene el sobre en sus manos, suspira y lo abre. Al leer, todos sus anhelos, su última esperanza de estar con ella, termina desvaneciéndose. En uno de sus escritos, encontramos lo siguiente: “Lydia es una trampa para mí. Mi corazón todavía está enredado con este afecto idólatra y consecuentemente infeliz”. Él la amaba y le causaba un dolor profundo no poder estar con ella, incluso cuando ella también lo quería a él. Sin embargo, los propósitos de Dios estaban en primer lugar en la vida de este hombre, y así lo demostró a lo largo de todo su ministerio.

Luego de unos años, su hermana falleció por causa de la tuberculosis, lo cual terminó causándole un profundo dolor a este corazón quebrado. Él dependía mucho de las oraciones intercesoras de ella durante su ministerio, y le causaba una gran pena dejar de contar con ellas. ¿Lo echó esto para atrás? Para nada. Él siguió con su trabajo tal como siempre lo hacía. Después de seis años de ministerio, su salud empezó a empeorar, y tomó la decisión de regresar a Inglaterra para recuperarse durante un tiempo. Le escribió a Lydia, con quien seguía manteniendo contacto, avisándole de su regreso. Después de tanto sufrimiento, parecía que se iba a producir el tan esperado encuentro. No obstante, al final, la cosa no salió de la manera esperada, ya que Martyn terminaría falleciendo en tierra persa, en 1812, sin llegar a concretar su regreso. Es decir, nunca más pudo ver a la chica que llevaba en su corazón.

Durante su tiempo como misionero en la India y Persia, Martyn hizo un trabajo increíble. Predicó el Evangelio, abrió colegios e incluso tradujo la Biblia a varios idiomas. No descansaba porque sabía que si estaba vivo era porque Dios todavía tenía un propósito para él. Pasaba horas y horas en sus tareas de traducción y no se detenía ni siquiera en momentos de enfermedad. Cada tanto le volvía la melancolía del amor que había perdido, pero su amor por el Señor y su obra era mayor a cualquier otra cosa, y es por eso que siempre podía salir adelante. Una vez dijo: “En mi soledad, Dios fue mi compañía, mi amigo y mi consolador”. En otra ocasión mencionó: “Con la Biblia en mi mano y Cristo a mi lado fortaleciéndome, yo puedo hacer cualquier cosa”. Esta fue la vida de un hombre que falleció joven, a los 31 años. Que vivió un gran desconsuelo amoroso durante toda su vida, aunque en medio de tanta debilidad no cayó, sino que se mantuvo firme en la gracia de Dios.

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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