La exigencia de la Santidad

Hace unos días fui llamado “exigente” por algunas opiniones que di respecto a la necesidad de santificarnos. En el momento accedí a reconocer que estaba siendo muy exigente. Pero esta palabra quedó dando vueltas en mi cabeza. Mientras leía y meditaba en las Escrituras, me puse a pensar: ¿Es cierto que fui exigente? ¿Por qué lo hice? ¿De dónde vino mi exigencia?

Preparando una meditación sobre 1 Corintios 1, leí los primeros versículos de esta carta, que dicen lo siguiente:

“Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier parte invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”
1 Corintios 1:1‭-‬2 (NBLH, énfasis añadido)

Una y otra vez, la Biblia nos llama a ser santos. La exigencia no vino de mí mismo ¿Cómo podría? No hay nada más contrario a mis impulsos naturales que la búsqueda de la santidad. Dios es quien nos ha exigido desde el principio la perfección total. Por habernos creado “a su imagen y semejanza”, Dios demanda que representamos su carácter justo y santo (podés ver más en nuestro post: ). Y encontramos la demanda más por parte del mismísimo Señor Jesús, quien dijo:

“Por tanto, sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto.”

Mateo 5:48 (NBLH)

Entonces, ¿Está mal que seamos exigentes? La respuesta es: Depende. Debemos ser conscientes de cuál es el propósito por el cual Dios nos creó y cuál es nuestro llamado como cristianos. Debemos entender que Dios nos creó para que seamos perfectos. Ahora, ¿Podemos realmente vivir de acuerdo a los estándares de Dios? Basta con leer los diez mandamientos o el sermón del monte para darnos cuenta que no podemos. El apóstol sentencia nuestra condición de la siguiente forma:

“por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios”.

Romanos 3:23 (NBLH)

Esto nunca debe ser una excusa. El hecho de que somos pecadores por naturaleza, no puede ser nuestra excusa. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de pensar y de saber que es lo que es correcto y que es lo incorrecto, sin embargo, decidimos hacer lo incorrecto voluntariamente, por lo tanto somos responsables. Tampoco podemos bajar nuestra exigencia con nosotros mismos. Sabiendo que Dios nos creó para que seamos santos, y que luego nos salvó para esto, debemos con todas nuestras fuerzas buscar la santidad. Nuestro problema con la exigencia es el siguiente: Por lo general somos exigentes con los demás, señalando hasta el más mínimo de sus errores, pero somos indulgentes y permisivos con nosotros mismos. Calvino lo pone de la siguiente manera:

Ciegamente tendemos a amarnos a nosotros mismos. Nos amamos tanto que cada uno de nosotros cree que tiene buenas razones para exaltarse a sí mismo sobre los demás. Si Dios nos concede algún don, inmediatamente nos enorgullecemos y hasta casi reventamos de orgullo.

Ocultamos a los demás nuestros abundantes vicios cuidadosamente. Creemos que son pequeños y sin importancia. Es más, a veces los abrazamos como si fueran virtudes. Cuando vemos las mismas cualidades en otros, incluso cuando son superiores a las nuestras, las degradamos o les restamos importancia. De la misma manera, en el caso de los vicios de los demás, no nos contentamos con reprenderlos y corregirlos, sino que, perversamente, los exageramos. De esta forma, tratamos de exaltarnos a nosotros mismos como si no fuéramos parte del común de la gente. Confiada y orgullosamente despreciamos a los demás y los miramos desde arriba como si fueran inferiores.

Juan Calvino, “La Institución de la Religión Cristiana”, Traducción propia

No podemos pretender la perfección en los demás. Esto es lo que el Señor Jesús nos enseñó cuando dijo:

“No juzguen para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá.

 

¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: ‘Déjame sacarte la mota del ojo,’ cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano.”

Mateo 7:1-5 (NBLH)

Por lo tanto, no debemos exigir la perfección en los demás, sabiendo que nosotros mismos aún tenemos que mejorar mucho para ser perfectos. Pero sí debemos esforzarnos por nuestra propia santificación, sabiendo que Dios es quien obra en nosotros (Fil. 2:12-13). Debemos buscar la perfección en nuestra vida, aunque no la logremos. Debemos ser exigentes con nosotros mismos.

Sin embargo, Jesús no se queda ahí. Él dice que debemos corregir a nuestro hermano, una vez que nos hemos considerado a nosotros mismos. No está mal comunicarle a nuestro hermano las exigencias de Dios con amor, sin pretender que nuestro hermano sea perfecto. Dios ha provisto un sustituto perfecto, el Señor Jesús, que vivió una vida intachable. Él es quien representa a nuestro hermano ante Dios. Por lo tanto, cuando corregimos a un hermano, lo hacemos desde el punto de vista de querer ayudarlo a conformarse cada día más a la imagen de Dios, y no para que sea salvo. Ya que él y yo somos salvos por el sacrificio de Cristo y no por nuestras buenas obras.

El camino del Señor es uno que se camina en comunidad, donde todos nos ayudamos a crecer y a ser cada día más parecidos a nuestro gran Modelo, el Señor Jesucristo. Por eso hermanos, es correcto ser exigente, pero de la forma correcta, con amor y compasión. Debemos siempre estar alertas para que nuestra exigencia no sea severa y no provenga de un corazón orgulloso y malintencionado, sino que venga del amor de Dios. Y sobre todo, la exigencia debe comenzar con uno mismo.

Matías Salerno

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Cristo. Ingeniero en Informática egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Curioso, tratando de aprender siempre algo nuevo, busco estudiar la Palabra de Dios para poder compartir el evangelio con los demás

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Matías Salerno

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Cristo. Ingeniero en Informática egresado de la Universidad Nacional de La Matanza. Curioso, tratando de aprender siempre algo nuevo, busco estudiar la Palabra de Dios para poder compartir el evangelio con los demás

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