Un cristiano que no crece, ¿es cristiano?

Efesios 4 es por excelencia el capítulo de la unidad en la Biblia, y una de las grandes enseñanzas que podemos encontrar allí es que para que ésta exista en la iglesia, cada uno de sus integrantes debe estar comprometido tanto con su crecimiento personal como con ayudar a otros a crecer. Ahora bien, ¿qué pasa con la gente que está a nuestro alrededor y al pasar el tiempo no muestran ninguna señal de crecimiento? ¿Son verdaderamente creyentes o simplemente son inmaduros?

Antes de meternos en el pasaje que vamos a analizar, me gustaría que podamos ver el contexto en el que se encuentra. Se nos habla de que Jesús nos dio dones (Ef 4:7-8) y también nos dio cargos (Ef 4:11), pero esto no sucedió porque sí, sino que hay un claro propósito para estas cosas: La unidad de la fe. Este pasaje nos enseña que tanto los dones como los cargos tienen la finalidad de edificar a los miembros que forman parte de la iglesia, para así llegar a la plena unidad de la fe. Ahora bien, se nos indica que para lograr eso, cada miembro debe cumplir con tres cosas:

  • Conocer: Llegar al pleno conocimiento de Cristo.
  • Madurar: Llegar a la condición de hombre maduro.
  • Crecer: Llegar a la estatura de Cristo.

Es decir, la unidad de la iglesia como hijos verdaderos de Dios ya está establecida. Sin embargo, la vemos cuando cada miembro tiene conocimiento de Jesús, es maduro y crece. Aquellas circunstancias en las que parece que la unidad está fallando se debe en muchos casos a que nuestras congregaciones están llenas de creyentes inmaduros (o peor todavía, de no creyentes). Es verdad que debemos ser como niños en nuestra dependencia de Dios, pero no podemos quedarnos con ese pasaje para justificar nuestra ignorancia y credulidad. Por eso, cada uno de nosotros debe comprometerse con el crecimiento.

¡Es inconcebible que un creyente de muchos años siga haciendo las mismas cosas que hacía cuando se convirtió! Mirémoslo de este modo: Cuando nosotros cumplimos veinte años, ya no necesitamos una canción de cuna para dormir, ni nos ponemos el pulgar en la boca, ni nos caemos caminando, ni tampoco nos hacemos caca encima. O sea, si vemos a alguien adulto haciendo alguna de esas cosas, inmediatamente nos llama la atención y pensamos que algún problema debe haber con esa persona. No podemos decir que nacimos de nuevo, si pasa el tiempo y seguimos siendo bebés espirituales. Ni conocemos, ni maduramos, ni crecemos.

Yendo a otra ilustración, podemos pensar en los bebés de juguete. Cuando era chico me gustaba jugar con un bebé llamado Miguelito. Es curioso que yo tengo 25 años, pero él tiene casi 50. Había pertenecido a mi papá cuando era chico, y luego lo usé yo. Miguelito no crece; él hace tiempo que es un bebé. ¿A qué se debe esto? A que Miguelito en realidad no es un bebé de verdad, sino uno de plástico. Del mismo modo, si pasa el tiempo y vos seguís sin crecer espiritualmente, es porque entonces no sos un cristiano de verdad, sino uno de plástico.

Efesios 4:14-16 – Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error. Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquél que es la cabeza, es decir, Cristo, de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.

¿Qué son los vientos de doctrina que arrastran a los niños? Éstos, aunque solemos verlos negativamente, no tienen algo malo en sí mismo. Pueden ser doctrinas buenas o doctrinas malas. El punto es que aquellos que son niños espirituales se dejan llevar por cualquiera de ellas. Quizás la gracia de Dios permita que sean buenas, y no haya problema. Pero siempre existe el riesgo de ir por malos camino debido a la falta de madurez.

Los vientos de doctrina podrían ser:

  • Aceptar la doctrina que está de moda y de la que se habla en todos lados. Como muchos comentan de ella, yo la acepto sin revisar si es bíblica.
  • Quedarse con lo que otro dijo sin analizar la Palabra. Por ejemplo:
    • Decir que los reyes magos eran tres (no se especifica el número)
    • Decir que Moisés era tartamudo (sólo se dice que tenía problemas para hablar).
    • Decir que Jesús dice que Satanás vino a matar, robar y destruir (Jesús habla de los falsos maestros).
    • Decir frases como “Dios aborrece el pecado pero ama al pecador” (Eso lo dijo Gandhi; la Biblia dice lo contrario: Salmos 5:4-5, 7:11, 34:16).
  • Quedarte con lo último que escuchás. No importa si se contradice con algo anterior, siempre lo último es lo válido.
  • Poner lo que dice un libro o una persona por encima de lo que la Biblia misma dice.

En lugar de dejarnos llevar por las doctrinas de hombres, este pasaje nos anima a vivir la verdad, en amor. Por un lado, esto implica que amamos la verdad. En segundo lugar, en amor debemos edificarnos unos a otros por medio de la verdad. En último lugar, lo hacemos por amor a Cristo, quien es cabeza de la iglesia.

La verdad y el amor pueden ser dos cosas que, en cierto modo, parecen oponerse. Si hablamos la verdad, pero sin amor, esta se convierte en algo destructivo para quien la recibe. Por su parte, si hablamos con amor, pero sin la verdad, haríamos sentir bien a la otra persona pero estaríamos causando un daño enorme a futuro. Es necesario que podamos encontrar un punto de equilibrio para vivir la verdad en amor, como la Palabra nos pide.

Tenemos la certeza de que la iglesia está unida, porque Cristo es la cabeza de ella. Es decir, los creyentes forman parte de un único cuerpo que es dirigido por el Señor. En Juan 17, Jesús ora al Padre pidiéndole que la iglesia pueda estar unida, y estamos seguros de que esa oración fue respondida, aunque parezca que hay muchas divisiones entre congregaciones. ¿Cuáles son los lazos que nos unen? El amor y la verdad. Por un lado, el amor es la prueba de que somos sus discípulos (Jn 13:35), y por el otro, sabemos que la verdad es la Palabra (Jn 17:17) y también es Cristo mismo, la encarnación de la Palabra (Jn 14:6). El amor y la verdad sólo pueden existir en cristianos maduros, comprometidos plenamente con su crecimiento espiritual.

Entonces, como conclusión, a partir de este pasaje vemos que:

  • Tenemos que crecer para evitar caer en falsas enseñanzas.
  • Una vez que no caemos en falsas enseñanzas, conocemos la verdad y desarrollamos el amor.
  • Una vez que crecemos en la verdad y el amor, desarrollamos la unidad, y estamos capacitados para edificar a otros para que puedan llegar a la madurez en Cristo.

Es cierto que muchas personas mueren sin haber llegado a crecer. Un claro ejemplo es el ladrón que fue crucificado con Jesús. Él no tuvo tiempo para crecer porque murió. El problema viene cuando el tiempo pasa y nosotros seguimos igual. La realidad es que la conversión nos tiene que dar un deseo ardiente de ir en pos de Dios y de santificarnos, ya que Jesús no murió para que sigamos viviendo igual que como vivíamos antes. No puede ser que pasen los años y sigamos deseando las cosas que antes deseábamos, comportándonos de la manera que nos comportábamos antes, mirando lo que mirábamos antes, conociendo de la Biblia lo mismo que conocíamos antes. ¡Que siga pasando nuestra vida sin que le hablemos a nadie de Cristo! Los israelitas fueron detrás de Dios, pero siguieron deseando las cosas de Egipto y por eso perecieron. ¡Que a nosotros no nos pase lo mismo! Si verdaderamente creímos, no vamos a seguir deseando las cosas de nuestra vida pasada, sino que olvidándonos de todo lo que queda atrás, proseguimos a la meta…

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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