El maestro y la intimidad con Dios

Es habitual que, cuando pensamos en la palabra “maestro”, nos imaginemos a alguien enseñando y compartiendo tiempo con sus discípulos. Él es quien les explica de la Palabra y quien les va transmitiendo distintas enseñanzas de parte de Dios. Esto es algo que vemos habitualmente a lo largo de todo el ministerio de Jesús. Él estaba constantemente corrigiendo y animando a los suyos para que pudieran comprender las verdades del reino de los cielos. Sin embargo, su función ni empezaba ni terminaba en las explicaciones; la clave que él tenía para impactar la vida de sus discípulos estaba en el tiempo que pasaba en intimidad con Dios. En su vida terrenal, vemos como constantemente se apartaba para buscar del Señor en soledad. Y si Cristo, siendo Dios, necesitaba esto, cuánto más nosotros  que somos maestros falibles. Nunca estaremos capacitados para hablar verdades que transformen la vida de los demás si primero no nos mostró el Señor esas verdades en la intimidad.

Deuteronomio 5:30-31 – Ve y diles: “Vuelvan a sus tiendas.” Pero tú, quédate aquí conmigo, para que Yo te diga todos los mandamientos, los estatutos y los decretos que les enseñarás, a fin de que los cumplan en la tierra que les doy en posesión. (NBLH)

Un maestro que también tuvo que aprender la importancia de la intimidad con Dios fue Moisés. En este pasaje vemos como él se encontraba junto con todo el pueblo a punto de entrar a la tierra prometida. Ya habían pasado los largos años en el desierto. Por fin, cuarenta años después de haber salido del desierto, iban a empezar con la conquista de la tierra que Dios les había otorgado. En ese momento, el Señor les hace un repaso de la ley, haciendo algunos ajustes debido a que ya no llevarían una vida nómada, sino una sedentaria. Es por eso que Deuteronomio significa “segunda ley”. Concretamente, en este pasaje el pueblo está recordando el momento en el que recibieron los diez mandamientos. Es interesante ver que, mientras que toda la gente debía volver a sus tiendas, Moisés debía quedarse solo con Dios, para recibir las cosas que él luego debía enseñar a los demás. Este pasaje ilustra perfectamente el rol del maestro.

A partir de este llamado que Dios hace a Moisés, podemos ver tres puntos fundamentales en el rol de todo maestro:

  • La intimidad con Dios implica apartar tiempo.
  • La intimidad con Dios te da la enseñanza que debés transmitir.
  • La intimidad con Dios te da seguridad de tu llamado.

En primer lugar, si queremos ser maestros, debemos pagar el precio de tan privilegiado rol como el de enseñar la Palabra de Dios a otros. Y el precio no se mide en dinero, sino en algo más valioso todavía: El tiempo. Nadie puede tener más del que tiene, sin importar lo mucho que se esfuerce por ello. Es por ese motivo que debemos administrarlo con sabiduría. Y no hay nada más sabio que dedicarlo a la intimidad con Dios. A veces, apurados por armar un mensaje rápido, porque tenemos muchas cosas para hacer, dejamos a un lado nuestro tiempo a solas con el Señor. Esto es un completo error y puede derivar en una catástrofe espiritual para otra persona, si por nuestra irresponsabilidad, hablamos algo que no está conforme a la Palabra. Por ello, debemos ser temerosos de lo que enseñamos y apartar tiempo para entender qué es lo que tenemos que hablar a los demás. En este sentido, el rol del maestro demanda un poco de aislamiento. Quizás, por esto, te pierdas de muchas actividades sociales en las que te gustaría estar. Miralo en Moisés: Cuando todos eran libres de volver a sus tiendas y hacer lo que quisieran, él tenía que quedarse con el Señor. Trayéndolo a nuestro tiempo, quizás todos los varones hayan armado un partido de fútbol en el cual te encantaría participar, pero no podés hacerlo porque tenés que quedarte con Dios. Es fundamental que, si somos maestros, la intimidad con el gran maestro sea una prioridad para nosotros, y que estemos dispuestos a perdernos de otras cosas que nos gustaría hacer con tal de tener la seguridad que vamos a hablar lo que él quiere.

Entonces, en segundo lugar, vemos que sólo en la intimidad vamos a poder recibir las enseñanzas que Dios quiere que transmitamos. Moisés no transmitió al pueblo los estatutos que a él le parecieron mejor, conforme a su propia sabiduría, sino que les dijo exactamente lo que el Señor le había dicho a él primero. No buscó en Google “decretos para Israel”, sino que fue a la única fuente que es cien por ciento seguro y fiable. No tomó el camino rápido, sino que apartó tiempo para saber qué era lo que Dios quería para los suyos. Esto debe a llevarnos a reflexionar sobre una cosa: ¿De dónde sacamos lo que predicamos? ¿Estamos seguros que estamos hablando lo que Dios quiere que hablemos? Hoy en día tenemos más recursos para aprender de la Palabra y crecer en el Señor que los que nunca en la historia hubo. Hay comentarios, guías, libros, concordancias, diccionarios, etc que te ayudan a analizar y meterte en las profundidades de cada pasaje. No obstante, en lugar de usar eso para nuestro beneficio y edificación, lo usamos como un camino rápido para evitar dedicar tiempo a la intimidad con Dios. ¡Ese error es fatal! Puede que por ello estemos enseñando doctrina de hombre y no de Dios. Entender esto nos debe llevar a tener temor cada vez que prediquemos. Lo que nosotros digamos puede salvar o condenar a alguien; ¡esto es cosa seria! No debemos tomar la enseñanza a la ligera, sino que debemos entender que es una responsabilidad enorme la que tenemos. Y si bien somos humanos, y podemos fallar, tenemos que pedirle al Señor constantemente que nos libre de decir algo fuera de su Palabra.

Por último, la intimidad con Dios es la que nos ayuda a entender cuál es nuestro llamado. Pablo, respecto a su llamado, decía “ay de mí si no predico el Evangelio” (1 Cor 9:16). En cierto modo, cada uno de nosotros puede poner ahí su propio llamado particular. Si realmente tu llamado tiene que ver con la enseñanza, entonces la intimidad con Dios es la que te lo va a mostrar. Y, por otro lado, si la enseñanza no es lo que el Señor quiera para vos, tenés que reconocerlo y buscar cuál es su propósito para tu vida. No hay nada más triste que alguien ocupando un lugar para el cual no fue llamado. Que el Espíritu Santo pueda darte seguridad total de tu llamado, para como le pasaba al apóstol, puedas estar “atado en Espíritu” a cumplirlo.

En la enseñanza te va a pasar que muchas veces hablás y creés que no pasa nada. Las vidas de las personas a las que les enseñás no cambian por mucho que intentes. Esto te puede llevar a desilusionarte y frustrarte. Es ahí cuando tenés que entender que si estás seguro de estar hablando lo que Dios quiere que hables, porque lo recibiste de tu intimidad con él, entonces él es el que se va a encargar de hacer la obra. Así como Ezequiel, que le predicaba a los huesos secos, nosotros también le hablamos en muchos casos a gente muerta, que no nació de nuevo por medio del Espíritu. Ahí es donde termina nuestra tarea: Hablar lo que Dios quiera que hablemos. El resto le corresponde a él, ya que sólo él puede traer vida en medio de la muerte.

Que, como maestros, podamos pasar tiempo en intimidad con Dios, conociendo qué es lo que él quiere que enseñemos y dejando que sus mensajes transformen nuestras vidas, para que luego nosotros podamos ser los medios por los cuales las vidas de otros también serán transformadas.

Fede Sinopoli

Fede Sinopoli

Miembro de la Iglesia Asamblea Cristiana de Villa Devoto. Discípulo de Jesús, busco cada día aprender un poquito más de él, disfrutando de esta aventura de vivir como hijos del creador. Me encanta que Papá me desafíe a hacer nuevas cosas para su gloria, y es un placer que podamos crecer juntos en el Señor mediante este blog.

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